Día 32: Cuarentena desde el piso 13

A principios de la cuarentena me sentía preparada para todo, ahora me siento más inadecuada, pero algo acostumbrada.

Tengo dos hijos, un trabajo que realizo desde mi hogar y una cabeza sobra la que gira una tormenta de preocupaciones sobre la crisis mundial, las cifras de muertes, el futuro de los sistemas políticos y los retrocesos culturales. Pero, aun así, lo que más abunda es el tiempo en que siento y reflexiono sobre todo lo que me rodea.

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Las ocupaciones del día tienen su rutina, su tiempo, su dedicación y allí encuentro gran distracción. Pero hay situaciones u ocasiones en que no hallo mayor pasatiempo que asomarme por la ventana y ver desde mi piso 13.

Se ven cosas tristes, extrañas, chistosas y peligrosas… De vecinos tengo personajes de todas las formas y colores. Desde arriba, una señora grande y pesada de color gris, ha cambiado su horario y solo existe en las noches y madrugadas, a ciencia cierta no sé qué hace, pero por el ruido creo que es un aquelarre.

¿Qué más oigo desde el piso 13?

En el mismo piso superior un señor multicolor, nos sorprende a todos con su estruendo inesperado, sufre de esquizofrenia moderada y ya no es una sorpresa oír sus eventuales gritos, sus esporádicos brincos y sus camisas que un día decidió lanzar al pasillo. Me asombro un día, que en su sano juicio me comento que él estaba feliz porque ahora todos viven como él, encerrados.

Frente a mi apartamento, hay una familia color azul. Con ellos he compartido noches de comidas diferentes, salas de cines improvisadas y charlas de madrugada. Y debajo, hay un señor color verde agua, que toca flauta sin horarios con una esposa que lo critica al ritmo de sus tonadas. Tal parece que ella anhela la soledad y el silencio que en estos momentos a otros les sobra.

Fuera de estas paredes, durante la cuarentena también encontré un entretenimiento inesperado, y fue subir a una montaña, por distracción, ejercicio y excusa. Para mi suerte, fue una idea poco compartida por lo que casi nadie subía. Y que placer tan repentino conseguí en cansarme, correr, trotar y respirar.

En varias oportunidades estando arriba, en lo más alto que se podía llegar, veía muchas casas y edificios, y me pregunté cuántos colores existen en cada una de esas ventanas, qué delirios, tormentos, romances, placeres y sufrimientos se han de vivir en cada uno de esos nidos cuarentenales. Que en medio de esta situación resguardan nuestra esperanza de que todo esto pase.

Para mi tristeza y desgracia, un viernes desperté y el olor a humo me impregnaba la casa. Se producía por el incendio forestal de los cerros cercanos; el sábado me di cuenta que aquel escape que había encontrado se había incendiado; lamente lo sucedido, el no haber visitado lo suficiente aquellos parajes, pero acepté que algún momento volverá a reverdecer, como toda la ciudad, nuestras vidas y sueños.

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