¿Vencedores vencidos? Democracia, resistencia y libertad (I)

Este jueves 04 de febrero se cumplieron 29 años de aquel intento de golpe de Estado que buscó asesinar al entonces presidente de la República Carlos Andrés Pérez. Aquel día la democracia venezolana fue herida mortalmente hasta su progresiva muerte en la que vivimos hoy. Aquel día se desnudó con esa herida las cicatrices y los males acumulados de la decadencia democrática en que vivía el país: en lugar de condenar férrea y unitariamente a los golpistas, cada uno de los actores sociales y políticos reprochó o justificó a su manera aquel terrible acto que se pagó en sangre. Así nacía la muerte de las instituciones.

Ese día de 1992 hubo vencedores vencidos, una democracia que jamás volvió a ser lo que fue: gloria y civilidad a mediados del siglo XX frente a la barbarie y el caudillismo en América Latina. ¿Ganó la democracia ese día? ¿Ganaron los golpistas militares y la sombra del autoritarismo? 29 años después, la respuesta es clara y fúnebre. ¿Adónde se fue nuestra democracia?

 

4 de febrero

Archivos de la Universidad Monteávila: 4 de febrero de 1992

 

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Democracia en la oscuridad

Han pasado ya casi tres décadas de aquella fecha. En los cuarteles no nace la democracia, se mata. Claro está que –para mayor ironía- nuestra muerte no fue ejecutada por las armas propiamente, sino por un mecanismo más imperceptible y lento: a través de los fallos de nuestra propia democracia.

El historiador Ysrrael Camero, lo expresa así: “(…) el autoritarismo es una cultura mucho más antigua y arraigada en la historia humana que la democracia”; en ese sentido, es natural entender la fragilidad de las democracias y por qué hay que preservarlas: es –en todo caso- una lucha contra nuestros propios instintos de barbarie en pro del bienestar de todos.

Continúa diciendo “(…) por ello es normal ver modelos políticos que combinan prácticas autoritarias y democráticas. […] Esto ocurrió en Venezuela: una democracia con problemas en 1998 [que] se deslizó progresivamente hacia un régimen autoritario, pero revestido de formas y prácticas heredadas de las democracias”. Y así entonces los vencidos en 1992 terminaron siendo los vencedores.

Creo que más que señalar a dedo y lista los males de nuestro presente (por demás contados y registrados a diario, y que no aportaría en nada mencionarlos, pues ya todo está dicho), cabe preguntarnos: ¿por qué? ¿Por qué dejamos que esto pasara? ¿No lo pudimos ver como sociedad? ¿En qué momento la rabia nos apoderó y nos hizo colgar la cuerda suicida de nuestra propia civilidad?

Más aún… ¿por qué? ¿Por qué después de dos décadas de gobiernos con disfraces democráticos pero con dientes autoritarios, no hemos podido presentar si quiera un proyecto capaz de hacerle frente? ¿Por qué los vencidos se volvieron vencedores? ¿Por qué los vencedores de entonces fueron vencidos? Las respuestas sin ser tan claras, no dejan de ser respuestas encerradas en preguntas en el viento: ¿por intereses? ¿Por división? ¿Por dinero? ¿Por falta de una estrategia clara y en común? ¿Por cosas que jamás llegaremos a saber como ciudadanos? Tal vez sí, tal vez no.

Tal vez el exilio, el encierro y la persecución sean los espacios comunes que reformulen una nueva ruta a trazar; tal vez, como lo fue entonces para los jóvenes políticos de 1928 en que el gomecismo se veía vencedor, eterno, irremplazable, nos pase igual. O tal vez como el exilio de los demócratas durante el perezjimenismo, obligándolos a repensarse y entenderse en sus diferencias. Tal vez pasen muchos años antes de que haya otra oportunidad. O tal vez –y este siempre será un “tal vez” que en nuestra incertidumbre persistirá- ya no haya siquiera más oportunidades.

Una voz del pasado

Sin embargo, ante la gran incertidumbre revestida de pesimismo, existe una voz del pasado que nos sirve de esperanza:

Corrían los años cincuenta y en Washington, Cuba, Costa Rica y Puerto Rico el exilio se hacía eterno. Vivía entonces un hombre, apenas sobreviviente por escribir en los periódicos y de la ayuda monetaria de sus amigos. Quizá su mente evocaba continuamente los errores que lo había llevado hasta allí: ¿haber querido implementar un proyecto democrático de forma unilateral? ¿Su confianza en sí mismo, vestida en ego, lo había traicionado? ¿Estaba todo perdido? ¿Cambiaría algo de lo ocurrido? Este había sido un hombre acción, no de letras precisamente; pero ahora, ahora que estaba lejos de su casa, sólo le quedaba eso: pensar y recordar y con suerte el rumbo cambiar.

Lo cierto es que de este tiempo nació “Venezuela, Política y Petróleo” como un testamento de la historia nacional. Y ese hombre, con los años, pasaría a ser el primer presidente constitucional de los próximos cuarenta años de democracia venezolana. Una democracia ya más consolidada y con grandes esfuerzos de masas, partidos y grupos sociales, y que serviría de inspiración para el resto, para entender que la posibilidad de vivir en un mundo civilizado y soberano frente al caudillismo latinoamericano e hispano, era tangible. Los vencidos en el exilio –o aparentemente vencidos- habían vuelto a ganar.

Aquel hombre terco e inaudito, de lentes y pipa, que entendió que para formar un proyecto democrático en el país era necesario incluir a todos los venezolanos, a todos los sectores económicos, a todos en un mismo saco, en un mismo interés, en una misma causa, en un mismo país, fue Rómulo Betancourt. Claro que injusto sería decir que sólo se debió a él. Para nada. Fue el esfuerzo de todo un país para restaurar la democracia.

Rómulo E. Betancourt B.: político y periodista venezolano; Presidente de facto (1945-1948); Presidente constitucional (1959-1964)

Y es que la democracia es una lucha por la justicia y la libertad de todos. Aún cuando todo parece perdido. Aún cuando parece que no tiene más sentido intentarlo. Aún cuando el autoritarismo y la tiranía avanzan y se asientan sobre nosotros. Aún en las peores condiciones, la democracia es un ideal que nos inspira a seguir luchando por los demás, por sus derechos, por la libertad.

En ella, por ella, para lograrla, existen los exiliados, los presos, los muertos, los perseguidos. Y es que la democracia se pierde y reconstruye y se pierde de nuevo. Deambula entre las armas, los fusiles, el silencio, la represión, como un rayo de esperanza o una promesa de un futuro mejor. En ella vive nuestra resistencia y la búsqueda de la libertad. De alguna manera, todo este drama es lo que engloba la democracia y lo que transcurre por ella a nivel mundial:
lucha, resistencia y libertad para construir una vez más.

¿Es la muerte de nuestra democracia? ¿Se puede recuperar? ¿Podrán los vencidos volver a vencer? Esto sólo el tiempo, la sangre, el sudor, el exilio, el destino o el olvido lo dirá.

Por: Leonardo Aristigueta

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