Quedarse en Venezuela no ofende a nadie

Los grandes cambios sufridos en la forma de vida de los venezolanos los últimos 10 años, parecen haber dado origen a dos grupos sociales contrapuestos: los que se fueron del país y aquellos que se quedaron.

Cada uno de ellos con importantes cargas históricas, realidades complejas que enfrentar y prejuicios que complican su desenvolvimiento y ese tan anhelado “echar pa’ lante”.

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Migrantes

Sobre aquellos que se van, sabemos los espinosos caminos de su realidad; como migrantes han vivido grandes cambios por lo complejo de la adaptación y aceptación en nuevas sociedades y, en muchos aspectos son la cara visible de la desesperanza en Venezuela: dada la cantidad de padres huérfanos, amigos separados o hermanos que no se ven hace años.

Su esfuerzo y decisión (sea por voluntad o resignación) al irse del país, para obtener una mejor calidad de vida se reconoce ampliamente y será siempre admirable; incluso se llegó a convertir en una especie de sentimiento y criterio universal que pesa sobre aquellos que se quedaron aquí. Quienes se hallan bajo las preguntas siempre incómodas de: ¿Cuándo te vas? ¿Por qué no te has ido? ¿Qué planes de vida tienes aquí en Venezuela? Etc.

Parece haberse formado así un estereotipo, cargado con la conciencia de que en el país no hay oportunidades de éxito para los que se quedaron. Hasta se les considera en muchos casos conformados, adaptados a la crisis, sin proyección a futuro, complacientes con el régimen o aprovechadores de los sistemas corruptos que aquel ha creado.

Quedarse en Venezuela no es una condena

Sin embargo, como todo prejuicio negativo, su base suele carecer de criterios reales y solo ser el reflejo de creencias y apreciaciones emocionales, más que racionales. Es decir, los sentimientos de culpabilidad, de rencor, informidad y molestia por las transformaciones negativas en el país y la crisis en general. Hacen una proyección errada de quienes se mantienen en aquí; al punto redireccionar su inconformidad en ellos.

Y si bien es una realidad innegable que conviven en Venezuela gran cantidad de personas cuyas riquezas y negocios, proviene del capital público o de conexiones con el régimen. No es esta una premisa absoluta, que arropa a todos los jóvenes venezolanos. De hecho, suponer eso está entre las expresiones más simplistas y faltas de lógica que hoy se pueden expresar.

Pues hay jóvenes que se quedaron y están trabajando de forma honrada, siendo exitosos en sus oficios, en sus estudios o proyectos. Que no solo no pretenden irse del país; sino que además están seguros de que en el futuro va a deber darse un cambio en sentido positivo en términos políticos.

Los jóvenes venezolanos no tienen que desprenderse de la confianza

Y por ende mantienen confianza o esperanza en sus proyectos de vida, expectativa de la cual no debemos dejar que se desprendan, ni aumentar la presión sobre su partida; como si deseáramos que todos abandonaran el barco obligatoriamente o condenarlos a vivir aún más frustrados; por no cumplir los estándares de vida que otras generaciones lograron en una Venezuela pasada y enteramente diferente.

Porque sería un gris escenario despoblar de positivismo y buenos proyectos a Venezuela, y cederles todos los espacios a quienes nos les interesa la nación. Considero en términos generales que ambos grupos sociales, los jóvenes venezolanos que se fueron y los que se quedaron; tienen derecho a su autorrealización sin que pese sobre ellos la conciencia negativa del otro.

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