Polarización: la muerte de la democracia y la intolerancia venezolana

El 29 de septiembre se dio el primer debate presidencial entre los candidatos que disputan la primera magistratura de los Estados Unidos de América, el republicano Donald Trump contra el demócrata Joseph Biden. Ante esta circunstancia ha virado las opiniones políticas que han extrapolarizado no solo a la sociedad Norteamérica sino también contaminado (aún más) los ánimos de la población venezolana.

Es así en este aire en que los venezolanos, o una gran mayoría de ellos, han decido colocarse al lado del ala republicana debido a las presiones ejercidas por la administración de Trump contra la Dictadura venezolana, tintando de traidor de la causa venezolana a todo aquel compatriota, dentro o fuera de su país, que mediamente asome apoyo al candidato demócrata o que, incluso, estando en contra de ambos candidatos por considerarlos la decadencia de la democracia estadounidense, lance alguna crítica contra las actitudes populistas y antidemocráticas del presidente Donald J. Trump.

Ahora es noticia: El desafío de los jóvenes en la política

Esto no es nuevo. Venezuela desde finales de los noventa se ha convertido en una sociedad extrapolarizada por los sectores políticos internos del país, hecho que se ha ido agravando año tras año del nuevo siglo desde la llegada al poder del régimen chavista debido a la implosión de la democracia, de sus instituciones, del odio consciente e inconsciente que persiste entre nosotros contra aquellos que mínimamente difieran de nuestras posturas ideológicas, y que el chavismo como postulado populista a polarizado a la sociedad misma que lo eligió, para imponer una “democracia de verdad” por encima de la “falsa democracia”, una “democracia popular” sobre la “plutocracia”, destruyendo consigo la democracia en nombre de la democracia.

Esto en cierto sentido es uno más de los legados de Chávez y su posterior homólogo Maduro. Creamos o no el resentimiento, el odio por el contrario, las actitudes antidemocráticas se han sembrado en nosotros y han germinado en nuestros corazones matando de forma definitiva nuestro espíritu y conciencia democrática. Esto a su vez tiene cierto sentido cuando entendemos el sufrimiento de los venezolanos debido a la crisis nacional que han de vivir, pero también no es menos cierto que esto –aunque sea en el fondo- no nos hace tan distintos a nuestro detentores cuando exigimos enardecidos que algún compatriota o latinoamericano, establecido legalmente en América, debe ser deportado por el simple hecho de emitir su opinión sobre las próximas elecciones estadounidenses, en especial si esta opinión va dirigida en contra del líder republicano por no convidar con su visión política, como han hecho Diego Scharifker, Ricardo Hausman o los artistas Édgar Ramírez y Ricky Martin; cuando los exponemos a ellos y sus familias, como ha hecho Eduardo Bittar; cuando señalamos de traidores y, por ende, aliados del Nicolás Maduro a todo aquel que asome siquiera una opinión disidente al presidente estadounidense.

No, esto no nos hace tan distintos, porque si bien muchos de nosotros no somos dictadores homicidas, no violentamos activamente los derechos humanos, no somos seres corruptos que han robado la esperanza de miles de venezolanos, sí obedecemos a un tirano, al peor de todos de hecho: aquel que habita dentro de nosotros, que nos exige acallar aquel que piense distinto y por ende creamos un idiota o un cobarde, aquel que nos dice que quien es distinto a nosotros es nuestro enemigo y debe ser erradicado (algunos dirían también “cancelado” en esta nueva década), aquel que nos impulsa a creernos dueño de la verdad y que, como hizo el chavismo alguna vez, nos obliga a matar a la democracia y sus espacios de conciliación en nombre de nuestra democracia, la verdadera y única democracia, ¿pues qué importa la opinión de los otros cuando la mía es la cierta?

Quizá esto demuestra –y espero estar equivocado- que los venezolanos no estamos preparados para una próxima democracia que hemos de construir entre TODOS, no sólo por algunos; que el odio venció a nuestra conciencia democrática conquistada en el siglo XX; pero sobretodo, la ingenuidad de algunos que creen en promesas populistas aún después del peor populismo autoritario en veinte años, para creer que uno u otro candidato, de una elección extrajera –sin desmeritar su importancia geopolítica-, es la solución secreta para salvarnos de nuestra propia desgracia nacional y que no sólo seamos una promesa electoral para ganar el voto de nuestros compatriotas. La verdad, amigos venezolanos, es que sin importar quién gane el tres de noviembre en EEUU, la derrota o la victoria de nuestro país sólo dependerá de nosotros y qué hagamos para vencer al tirano que habita en Miraflores pero también el que habita en nosotros y nos impide unirnos para crear “el sueño venezolano”.

Por: Leonardo J. Aristigueta

One response to “Polarización: la muerte de la democracia y la intolerancia venezolana

  1. Palabras tan sabias! Toda la verdad y lo que muchos necesitan escuchar e internalizar si se quiere lograr un cambio. Y la verdad más cruda y certera de todas: no estamos preparados mentalmente para una democracia real! Hemos distrocionado tanto su significado que ya ni siquiera lo conocemos.
    Que buen artículo!!

Comparte con nosotros tu opinión ¡Déjala aquí abajo!

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver