La crisis del liberalismo venezolano

Siempre he creído que la autocrítica y la revisión de nuestros pensamientos es la única forma de reevaluarnos y reinventarnos en la travesía compleja que implica la vida y la evolución de nosotros como individuos durante esta. Durante años me he proclamado liberal (o defensor de la búsqueda de la libertad y dignidad humana) y que, ante todo, cree en la democracia como principal motor de la sociedad moderna para la convivencia pacífica en miras hacia el progreso de esa colectividad forjada por individuos.

Liberalismo venezolano. Foto: Composición Todos Ahora

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Siendo así, he de rehuir y señalar a los autoritarismos que buscan destruir o aplacar a la democracia y las libertades humanas. No parece complejo, en principio todos –o casi todos- podríamos estar de acuerdo con esto: nadie que busque destruir nuestros derechos y libertades debería estar en el poder, menos ser apoyado. La libertad jamás es negociable.

No obstante, veo con preocupación cómo el liberalismo venezolano (si es que se puede llamar a esto “liberalismo”) ha tomado tintes reaccionarios y no poca veces neo-nacionalistas, apoyando a gobiernos con matices autoritarios y, sobretodo, populistas como son los de Jair Bolsonaro en Brasil y Donald J. Trump en Estados Unidos, sólo por representar meramente la antítesis del comunismo en la región americana. Esto los ha llevado, irónicamente, a perder su valor más importante –después de la vida-: la libertad.

Liberales venezolanos

En consecuencia –y con la mayor de las tristezas-, los liberales venezolanos más que fomentar una cultura democrática, han segmentado los ideales democráticos en odios, polarización y divisiones, a veces cayendo incluso en esa retórica que tanto acusan de inmoral -que lo es-, pero que tanto adoran usar últimamente: populismo, el reduccionismo de problemas complejos en slogans bonitos y repetitivos pero que nada aportan a la solución de las problemáticas, sino que, usualmente, las agravan más.

También es necesario decir que esta condición populista no es exclusiva de los liberales venezolanos, sino más bien propia de toda la diversidad política del país, pero que si señalo con mayor ímpetu en el liberalismo es por provenir de estos, los que hacen se llamar defensores de la libertad.

Liberalismo conservador sin conservar el liberalismo:

Injusto también sería decir que todo los liberales de Venezuela han tomado este rumbo más cercano al conservadurismo, que los hace sólo liberales cuando se trata meramente de las libertades económicas (pro-libre mercado), pero conservadores acérrimos cuando se trata de las libertades y derechos individuales y, por ende, también sociales.

Desdibujan, así, como todo aquello que les contrarié de “izquierdas” (en el mejor de los casos) y de “progre” (incontables veces). Olvidan que las sociedades democráticas se construyen en las alianzas sociales y políticas de bando y bando, donde lo importante es la preservación de la democracia y las libertades ciudadanas, para hacerle frente a los extremismos de la izquierda comunista y a esa “nueva derecha” que se encierra en personalismos y nacionalismos, que se acercan al neofascismo (bastaría ver cómo Trump ha usurpado la imagen del republicanismo norteamericano por un personalismo hacia su persona como el “Padre de América”, o cómo –al momento en que redacto este artículo- sus simpatizantes han asaltado el Capitolio de los EEUU para interrumpir la certificación del presidente electo Joseph Biden y socavar la democracia y las instituciones sobre las cuales se cementa), y que en nada representan al espíritu liberal.

[Imagen de Trump como un prócer de la patria, por el Partido Republicano del estado de Arizona]

Creen que todo aquello que tiene que ver con las luchas sociales, los derechos humanos, las organizaciones internacionales, en fin… todo lo que es posterior al Estado de Derecho Liberal, es organizado por una “agenda internacional” de una supuesta “hegemonía de izquierda mundial”, donde todas las luchas feministas, ambientalistas, los reclamos de los derechos por parte de la comunidad LGBTQ+, o por parte de las comunidades afros y aborígenes, no son más que parte de un plan de la izquierda mundial para destruir los “valores occidentales” (sea lo que signifique eso) y la victoria del comunismo a través del “marxismo cultural”. Así a estas minorías sociales se les quita su humanidad para ser vistos como “el enemigo” a vencer para lograr “la victoria liberal”.

Todo esto ha generado –lo quieran ver o no- un rechazo por una parte de la sociedad, universitaria al menos, del liberalismo… siendo tintados de radicales (término que llevan como orgullo una medalla) y no más que seres irracionales que repiten el santo credo de sus partidos o libros.

La ironía reluce cuando algunos creen dar algún sentido de coherencia mientras retratan a intelectuales liberales como Ludwig von Mises, quien tuvo que huir de su país de origen al ser perseguido por el régimen homicida y totalitario que fue el nazismo, pero defienden a capa y espada que lo que falta en los países de Latinoamérica es un nuevo Pinochet o un Jorge Rafael Videla, que erradique a esos “cerdos comunistas” del hemisferio y reine “El Paraíso Liberal” sobre la tierra.

Hay que renovar el liberalismo venezolano

Estoy consciente que de entrada a muchos o algunos liberales de mi país podría o podrá molestarle mi artículo. Supongo que no puedo decir más que siempre he sido demasiado de derecha para ser de izquierda y demasiado de izquierda para ser de derecha. Mi lucha es por la libertad del individuo y la democracia del mundo, no seguir sesgadamente ideologías como credos. Que por demás, muchos de esos “liberales” en su vida no habrán leído más que un panfleto sobre las posturas liberales y como leyeron “anticomunismo” se pusieron las botas como fieles militantes.

Creo entonces que el liberalismo –el nuestro- debe reformarse, incluso modernizarse: un liberalismo que tome las luchas sociales como suyas propias, en su voz, en cuanto traten de la libertad y la dignidad humana; un liberalismo que ha de desligarse de esas corrientes que lo arrastran a los aires reaccionarios y cuasi nacionalistas; un liberalismo que fomente los espacios de lucha y resistencia democrática con sus posibles aliados; un liberalismo que, definitivamente, no siga el actual camino del eterno ensimismado y arrogante que se cree dueño de la absoluta razón del mundo.

Finalmente, cabe preguntarse…

¿Realmente un «liberal» se puede autodenominar liberal cuando le es imposible despegarse de la visión de su partido? ¿No es acaso, de cierta forma, entregar su libertad de pensar libremente por lo que dicta su partido «liberal»? ¿Cuán distinto es esto a un militante comunista que cree que su vida va a una causa mayor como es la verdad del partido?

Tal vez el liberalismo, nuestro liberalismo, con la mayor y triste de las ironías, se esté volviendo más cercano al autoritarismo y la imposición de la verdad -su verdad- sobre otros, y esté olvidando que su causa principal va con el sentido y la búsqueda de la libertad de los individuos en sus propias vidas.

Una persona libre debe rechazar los autoritarismos, vengan de la izquierda o la derecha, vengan de arriba o de abajo. Una persona libre cree en la libertad individual y la responsabilidad que este debe llevar de sus actos. Una persona libre es libre en cuanto entiende al mundo y se complementa con ellos, no cuando los acusa de enemigos. Una persona libre acepta la libertad y la abraza y se pregunta constantemente si “¿no podré ser yo el equivocado?” (Como podría estarlo yo en este momento). Una persona libre no repite, piensa.

Por: Leonardo J. Aristigueta

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