La autocensura o nuestra ahogada voz

¿Quiénes somos cuando nuestra opinión es un delito que no pocas veces termina en nuestra muerte? ¿Podemos ser libres en un mundo donde ahogamos nuestra voz? ¿Es de cobardes temerle a la censura y su persecución? Pudiendo sólo contestar la última, me atrevo a decir que no.

Autocensura en Venezuela. Foto: Composición Todos Ahora

El miedo es la emoción natural de los humanos cuando sabemos que, de alguna forma, estamos corriendo algún peligro. Y en un mundo donde decir la verdad siempre es un riesgo que puede desembocar con tu desaparición, el miedo persiste lo admitamos o no. Después de todo, ¿los periodistas y los ciudadanos que quieran decir su opinión nos debemos a la verdad? Sí, pero también nos debemos a nuestra autopreservación.

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No es un secreto para nadie cómo funciona la censura, la cual no pocas se limita a sacarnos del aire o prohibir la difusión de un determinado medio, pero que sí muchas veces se le ejemplifica el funcionamiento de esta censura a la ciudadanía con la desaparición o el asesinato de quien alguna vez decidió alzar la voz (y qué pudiera pasarle al próximo que también decida hacerlo). En cierto sentido, ya escribir esto representa un riesgo y un miedo –sin duda-, que lleva a todo quien da su opinión a preguntarse: “¿y si mejor me autocensuro y duermo un poco más tranquilo hoy? ¿Y si mejor ahogo mi voz? ¿Gano algo denunciando al opresor? ¿Y si el próximo en desaparecer soy yo?”

Y es que estas prácticas del terror en efecto existen y estrangulan día a día a miles de periodistas en el mundo, con un énfasis especial en América Latina y, claro, en nuestro país. Como prueba de ello, tenemos el ranking del 2020 de la ONG Reporteros Sin Fronteras y su informe titulado “El horizonte se oscurece para la libertad de prensa en América Latina”. En ambos se puntúa la deplorable situación para la libertad de prensa en nuestro continente, que en la mayoría de nuestros países –con la excepción de Costa Rica y Uruguay- han decaído sus puntajes con respecto al año pasado. Por lo que debemos entender que para que exista autocensura, primero debe haber censura y represión: miedo, por esencia, por parte de las fuerzas del Estado contra sus ciudadanos si deciden dar su opinión –en especial cuando esa opinión va en contra de la “verdad oficial” del gobierno de turno- o denunciar las injusticias que aquejan a su nación.

Pruebas tenemos por montón cuando en dicho ranking sobre la libertad de prensa, la mayoría de nuestros países no son capaces ni de tomar los primeros cien puestos de la tabla (de un total de 180). Pruebas tenemos cuando en Guatemala (116) se le da muerte a los periodistas Laurent Castillo y Luis Alfredo de León; cuando desde Nicaragua (117) se amenaza de muerte al periodista Gerall Chávez y a sus familiares por denunciar los atropellos del gobierno dictatorial de Daniel Ortega, hecho que lo ha llevado a exiliarse en Costa Rica; cuando en Colombia (130) el periodista Abelardo Liz fue abaleado cuando cubría las manifestaciones de la comunidad indígena del departamento de Cauca debido a su éxodo forzoso y masivo del territorio; cuando en México (143) el periodista Julio Valdivia Rodríguez, quien cubría asuntos policiales y criminales, fue encontrado decapitado en Veracruz, o cuando son abaleados los periodistas Israel Vázquez, Jesús Alfonso Piñuelas y Arturo Alba Medina por denunciar y cubrir asuntos policiales y de corrupción de la clase política mexicana -delitos que por demás suelen quedar impunes-; cuando en Venezuela (147) es asesinado el periodista Eloy Nieves Zacarías por parte de las temibles fuerzas estatales –a quien horas después de su asesinato se le imputó pertenecer a una presunta banda delictiva- o cuando es encontrado el cuerpo del profesor y líder social José Carmelo Bislick en un terreno baldío, tras denunciar algunos supuestos casos de corrupción, tráfico de combustible y drogas, trata de personas y extorsiones, sin mencionar, claro, a los cientos sino miles de ciudadanos presos o desaparecidos en nuestro país por alzar un poco la voz contra el régimen; cuando en Honduras (148) el periodista Luis Almendares fue baleado por dos sujetos encapuchados tras denunciar los graves casos de corrupción de su país y la terrible violencia policial; o cuando en Cuba (171), el peor país puntuado en nuestro continente con respecto a la libertad de prensa, son detenidos al menos 132 personas –entre ellos artistas, periodistas y activistas- por protestar contra la violencia policial de la isla.

Y es que tanto ejemplos de censura como muertes sobran en nuestra región, siendo estos lo cotidiano y no lo extraordinario, siendo que estos son sólo algunos de miles de casos diarios que ocurren –y de los pocos que sabremos del mar de casos de los cuales jamás llegaremos a conocer-. Así es natural pensar que cualquier periodista, ciudadano, activista, líder social o sindical se pregunte dos o tres veces antes si no será mejor autocensurar su voz.

En ese sentido, ¿podemos criticar la autocensura o reprochar a quien teme por su vida? ¿Se puede reprochar a quien no alza su voz contra las injusticias, cuando nuestra muerte, en el mejor de los casos, será (con total tristeza e ironía) una breve mención en algún artículo o informe que busque visualizar la represión contra quienes dicen la verdad en nuestros países? ¿O cuando, en el peor de los casos, con nuestra desaparición, pasaremos al completo olvido, sin el menor lamento que aquel que vivirá en el dolor de nuestros seres queridos? Nuevamente la respuesta es no, pero…

¿Es la solución callarnos?

Seguramente no. Seguramente como expresaría Orwell a través de la vida de Winston, en su libro 1984, “nosotros somos los muertos [y] nuestra única vida verdadera está en el futuro”… de otra manera, deberemos callarnos ante un mundo injusto y dejar morir la voz del hombre, nuestra voz: la esperanza de vivir en un mundo mejor.

Pues de otra manera, deberemos vivir igual con el miedo de ser el próximo en morir o desaparecer (en un país injusto y corrupto todos somos potenciales víctimas alcemos o no la voz), pero acallados por nosotros mismos y aceptando la represión. Pues… la autocensura nos aqueja y ahoga nuestra conciencia, pero no es en ningún caso cuestionable si se trata de nuestra autopreservación; mas sí reprochable cuando dejamos morir la esperanza del hombre y su aspiración de vivir en un mundo sin terror.

Así la pregunta sin respuesta nos surge:

¿Quiénes seremos? ¿Los muertos y su olvido? ¿La esperanza del hoy para el futuro de otros? ¿Silencio y miedo? ¿Sueño y dolor? ¿Salvación?…
¿O sólo una ahogada voz?

Por: Leonardo J. Aristigueta

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