Día 190: Una guardia en la sala de parto

Laura es una joven de 23 años, recién graduada de enfermería. Sus primeros pasos los dio en la sala de emergencias. La sangre, la sirena de la ambulancia, los gritos y el llanto eran su día y noche.

No sabía qué era la sala de parto. Nunca estuvo en ese lugar lleno de gritos, sangre y mujeres histéricas.

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Esta joven enfermera ya se había acostumbrado a su ambiente catastrófico de las urgencias, pero el destino le cambió la jugada. En un cambio repentino en el mes de abril, por contingencia de la COVID-19, a Laura le llegó la notificación de su cambio a la sala de partos.

Madre adolescente

En su primera noche en esta ala del hospital, después de las 2:30 de la madrugada, llegó una joven con llantos de dolor y desespero. Tenía unos 15 años y su mal nutrición se percibía fácilmente. Al verla, Laura le preguntó si ya está en trabajo de parto, su barriga se veía de unos 9 meses de gestación.

La chica, muy desesperada, le dijo que había tomado alcohol isopropílico porque tenía mucho dolor de estómago.

Esta joven, nunca había ido a una consulta con un gineco-obstetra, no sabía cuantos meses tenía y tampoco el sexo de la criatura.

Quedó embaraza de un primo de 32 años que no reconoció al bebé. Vive con sus abuelos porque la mamá la abandonó.

Parir en un hospital de Venezuela

Laura nunca se imaginó que los sentimientos y sensaciones de la sala de parto, serían más horribles, y hasta más espeluznantes, que estar en zona roja.

La ausencia de los servicios públicos mínimos para traer a un niño al mundo hacen de esta actividad una película de terror.

Le toca hasta aguantar las ganas de ir baño por casi 12 horas, por tenerlo muy lejos, y no poder dejar el área sola y con pacientes, por falta de personal.

Además, soporta los insectos toda la noche, por no tener aire acondicionado y usa las ventanas abiertas para poder respirar.

Todo esto, sumado a no contar con un comedor, y mucho menos tener dinero para comprar comida delivery, para soportar la guardia.

Abortos, “malas madres” y discusiones

Como si el terrible ambiente del hospital en la madrugada no bastara, las llamadas “madres sin corazón” no se hacen esperar.

Con una mirada fría y sin titubeos, una joven de 22 años llega acompañada de una amiga, dice que se siente muy débil porque abortó a su hijo en el baño.

“No lo quería, nadie me puede obligar a tener un bebé que no quiero y que nadie me va a ayudar a mantener”, lo repetía como si se lo hubiera aprendido de memoria.

Luego de atenderla, la dejaron retenida unos momentos hasta que llegaron varios tipos en motos y se la llevaron. Nadie supo más.

Laura lleva seis meses en el área de parto, y añora la emergencia.

Aunque sea una bendición traer vida a este mundo, para ella, cada vez es más tétrico cuando una madre aparece en el hospital queriendo dar a luz.

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