Venezolanos en Colombia salen a las calles a pedir dinero para sobrevivir

Colombia es una de los países de la región que registra mayor número de migrantes venezolanos a partir del éxodo masivo que desde 2017 comenzó a generarse en Venezuela a causa de la crisis económica.

De acuerdo con cifras de ONG internacionales, millones han sido los connacionales que en busca de una mejor calidad de vida, salieron hacia otras fronteras. Sin embargo, la situación de los migrantes venezolanos en otros países actualmente es tan crítica, como por la que salieron huyendo de su nación natal, por causa de la emergencia mundial que ha generado la COVID-19.

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Esta cruda realidad la constató el diario VOA en un reportaje en el que documentó la experiencia de varios venezolanos que viven en Colombia y que sobreviven pidiendo en las calles. Ya sea para alimentarse o pagar sus arriendos.

Sentada sobre una de las escalas de un puente peatonal en Bogotá, con su hijo de casi dos años en brazos, la venezolana Génesis -quien llego hace un año a Colombia- pide a los que por allí pasan que le den dinero o comida.

Después de trabajar en un centro comercial de Bogotá, llevando y trayendo zapatos de los locales a las bodegas, esta joven migrante se quedó sin trabajo, a raíz de la pandemia. Para no perder el alquiler de una habitación y comprarles lo necesario a su bebé y su pequeña de 6 años -que está en Venezuela-, dice que sale a pedir lo que la gente le pueda brindar.

“A veces me dan, a veces no. Pero uno no se puede quejar porque la gente le ayuda mucho a uno”, dijo.

La escena se repite en varias zonas de la ciudad. Incluso en el transporte público, venezolanos piden ayuda, y debido a que algunos no tienen productos para vender, entonces simplemente se solicitan comida o dinero.

En las salidas de los supermercados, es común ver a uno o a varios que para obtener algún ingreso optan por ofrecer bolsas de basura. También por apoyar a los compradores transportando sus bolsas de alimentos o simplemente abren las puertas de estos lugares, de manera cordial, para permitir que los compradores entre o salgan.

Negociar para no ser desalojados

Zulay Díaz, es otra de las venezolanas en esta situación. La madre de dos adolescentes -de 12 y 15 años- perdió su trabajo en un restaurante en Bogotá que cerró a causa de la grave crisis económica causada por la pandemia. Vive hace un año en Colombia y su mayor preocupación, en este momento, es tener un techo para descansar con sus hijas.

“A veces sí, a veces no” le alcanza para pagar el alquiler de la habitación donde viven. En caso de no recoger lo suficiente en el día, conmentó que habla con el dueño para que le permita quedarse 24 horas.

 “Al otro día, le reponemos lo de ayer y lo de hoy”, comentó. Asimismo, añadió que hasta el momento, no han sido desalojadas porque cumplen con el alquiler. “Si no, nos hubieran echado a la calle”.

La xenofobia como otro problemas para los migrantes

A pocos metros de Zulay, trabaja Jesús Velásquez. A pesar de haber perdido su empleo, dice que ha podido sobrevivir.

En el transcurso del día, este joven de 24 años -proveniente de Guárico, Venezuela- cuida carros. Se encarga de avisar a los conductores cuando se van a estacionar o cuando van a salir del parqueadero.

“Antes de la pandemia, tenía cómo trabajar, vendía limones, mandarinas, arvejas. Tenía cómo resolver, pero ahora, con lo de la pandemia, es muy difícil porque uno no puede trabajar. Ahora no puede uno ni ir a Abastos que era lo que yo hacía. Trabajaba por mi cuenta y no tenía que darle responsabilidades a nadie”.

Aseguró que siente que la xenofobia es latente. Dice que muchas personas los ven como “cosas malas porque muchos venezolanos han llegado y han hecho lo malo».

«No todos somos iguales. A muchos nos gusta trabajar, nos gusta salir adelante, pero por ahora hay muchas personas que nos humillan, nos dicen cosas. Jamás pensé que iba a pasar por esto”, dijo.

Todos los días su esposa y su pequeño hijo lo esperan en casa. Dice que unas jornadas son más difíciles que otras, pues apenas recoge alrededor de cinco dólares, que le alcanzan para pagar el alquiler, cenar y dejar algo para el desayuno.

“No me quejo tampoco porque estoy acá, estoy bien. Pero en realidad es fuerte, uno tiene que matarse por pedir porque a veces uno no tiene para el arriendo y no es fácil”, afirmó Jesús para VOA.

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