De bailar en el subte a tener su propio emprendimiento en Argentina

“Me ha pasado de todo”, advirtió con una risa nerviosa antes de la entrevista. Ivamary tiene 28 años y aunque emigró en el 2013 a Buenos Aires cuando las cosas no estaban tan complicadas, ha tenido un camino de altos y bajos, como probablemente muchos venezolanos han experimentado al meter sus vidas en un par de maletas.

Emprendimiento Argentina
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Una visión a futuro la hizo tomar esta decisión. Estudiaba dirección de cine, teatro, danza contemporánea y arte circense, todo relacionado al mundo del arte, y no se veía realizada en Venezuela, no encontraba por más que intentaba visualizarse con un futuro lleno de oportunidades en su país. Su hermana vivía en Buenos Aires, lo que le dio el empujón para arribar a territorio argentino.

 ¿Por qué Argentina?

 Una joven como Ivamary con hambre de triunfar y de crecer en el mundo artístico se vio embelesada con la gran oferta cultural del país sureño. Entre ceja y ceja tenía la idea de poder desarrollarse como artista y subsistir de lo que tanto ama hacer, sin embargo, no todo era tan fácil de lograr.

Su primer trabajo en Argentina fue de mesera durante al menos seis meses; ese trabajo paradójicamente estaba ubicado en el lugar donde un tiempo después abriría su propio local. Luego tuvo otras experiencias, como call center, en tiendas de ropa, y como ella misma lo describe “En un montón de cosas que odiaba realmente hacer, porque te pagaban muy poco y además sentía que perdía el tiempo, no aprendía nada”.

Cabe destacar que para el año en que llegó a Argentina, no era tan común toparse con venezolanos, la ola migratoria todavía no había comenzado. La joven venezolana resalta que los argentinos fueron muy receptivos en general, y siguen siendo bondadosos con los extranjeros, y con los venezolanos en particular.

 La primera aventura

 Un anuncio de una feria venezolana en las redes sociales llamó su atención y en cuestión de días ya estaba participando, vendieron diferentes propuestas de la gastronomía típica de Venezuela. “En ese año no existía Harina Pan en Argentina todavía, ni casi ningún producto venezolanos por lo que nuestras presentaciones eran bastante artesanales”.

Fue así como comenzó su camino por la gastronomía venezolana y por hacer lo que amaba, en un país ajeno al suyo. Dejó sus trabajos y apostó a esta oportunidad que se le estaba presentando, pero no era suficiente para mantenerse y cubrir los gastos diarios, así que se aventuró a poner en práctica uno de sus talentos.

Ivamary fue uno de los tantos artistas que llevó alegría a los usuarios del Subte. Estuve al menos medio año bailando de estación a estación, lo que de a poco le devolvía la sensación de trabajar en algo que le apasionaba. Confiesa que vivió de todo en estos espacios, desde días hermosos donde la gente valoraba su arte, a otros días pesados donde parecía no ser suficiente y la frustración llegaba.

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Un encuentro clandestino

 Cualquier evento parecía ser un buen espacio para dar a conocer su comida y a la vez ganar un dinero extra. Participó en varias ferias, pero hubo una  en particular que no vendió casi nada. Para no perder lo que había invertido tanto en tiempo como en dinero, llamó a sus conocidos y les pidió que los ayudara solo a recuperar algo, pagaron una especie de “entrada” y podían comer todo lo que quisieran en su casa.

Ellos se recuperaron y sus amigos quedaron fascinados con la comida y la idea; lo que no esperaba es que ese día surgiera un nuevo comienzo.

“Sabíamos que existía una modalidad donde la gente iba a comer a casa de un chef, entonces pensamos en por qué no hacer un evento con entrada a tenedor libre, hecho por nosotros, en nuestra casa. Nos atrevimos y en realidad fue un BOOM”, contó Iva.

Hacían arepas y cachapas con maíz molido,todo bastante artesanal. Parte del éxito se lo adjudica a que no existían tantos emprendimientos de comida venezolana como en la actualidad. Además el hecho de pagar una entrada y poder consumir sin límites, lo hacía doblemente atractivo.

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El mayor éxito y el peor final

Las cenas clandestinas fueron tomando forma y se llevaban a cabo los viernes, sábados y domingos. Durante tres años se dedicaron a estos eventos que tuvieron un rotundo éxito. De atender a diez personas por turno, llegaron a 300 personas por fin de semana divididas en turnos.

Todo era tan artesanal, que sus asientos eran de tobos con tablas y telas. Poco a poco fueron comprando insumos pero a la gente le encantaba la energía del servicio y los sabores. Algo que quizás no estaba en los planes era los problemas que con el tiempo podían encontrar. Como era un restaurante clandestino, los vecinos al enterarse les prohibía hacerlo y les tocaba mudarse buscando el sitio ideal.

Ni ella, ni su socio, se esperaban la cantidad de personas que iban a apostar a lo que comenzó como una simple idea. Había listas de espera, de quienes durante meses solicitaban disfrutar de la experiencia. Su última mudanza fue a una casa espaciosa, donde tuvieron la máxima capacidad pero también, donde vivieron el peor momento.

“El primer fin de semana, un domingo del 2017, que nos estaba yendo super bien, llegó la Municipalidad. Tuvimos una denuncia y nos dijeron que no era legal seguir  y no lo pudimos hacer más. Quedamos muy endeudados por todo lo que habíamos invertido y con un camino a medias”, contó aún con lamento.

Deudas y un camino a medias

Con una deuda de 160.000 pesos y la sensación de no poder hacer más nada, era difícil poder decidir el siguiente paso. “No sabíamos qué hacer, estábamos en bancarrota. Empezamos a vender comida desde casa por delivery. Con eso pudimos salir de nuestras deudas. En diciembre de ese año hicieron un montón de hallacas y con eso terminamos de pagar el monto total que debían, que en ese momento era bastante dinero”.

La disyuntiva era o abrir un local y aprovechar la clientela que había crecido durante este tiempo de servicios clandestinos, o no intentarlo más y olvidarse de la gastronomía. Pero se decidieron por la primera opción y con la ayuda de familiares lograron abrir Cumaro, un restaurante cultural de comida venezolana en la zona de Palermo.

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CUMACO 

 Una banda en vivo con tambores, bailarinas, otro grupo de hip hop y uno último de salsa, dieron inicio a una noche de inauguración donde las arepas, empanadas, tequeños, patacones y cachapas eran los protagonistas.

Desde que inauguraron el lugar explotó de gente. Porque más que un restaurante, era un espacio cultural, un espacio para que a través del arte, de la música, los clientes se pudieran trasladar por instantes a Venezuela. Todos los fines de semana tenían presentaciones en vivo y en la semana también ofrecían diferentes actividades.

Entrar a Cumaco era una experiencia de principio a fin, en sus paredes exhibían propuestas de artistas venezolanos, de fondo escuchabas esa banda en vivo con melodías que te recordaban a estar en suelo venezolano, el olor delirante de cada plato y encontrarse con la diversidad de tonadas: andinos, maracuchos, caraqueños, todos sentados disfrutando de una noche increíble, lejos pero a la vez, cerca de casa.

Todo lo que estaba representando el máximo logro desde que emigró empezó de a poco a desvanecerse, los problemas internos con sus socios, y la alza fuerte del dólar le jugó en contra. Se quedó sola, endeudada y agotada mentalmente.Pero empezó a autoreflexionar sobre qué cosas habían fallado y a fortalecerse para no desmayar, porque así como ella misma lo llama “ese restaurante era su bebé”.

Iva no se sentaba a ver el éxito de Cumaco, trabajaba para lograrlo. Hacía de bartender, atendía, estaba en la caja y  aunque lo intentó todo, no pudo salvarlo. “La decisión más fuerte de mi vida fue haber cerrado Cumaco, en febrero del 2019 y quedé ahogada de deudas. Quedé debiendo a la financiera, al local, no pude pagarle a los empleados, tuve que desatornillar yo sola tornillo por tornillo de cada mesa junto con otro de los empleados. Pague lo que pude y cerré”.

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El último intento: Un renacer

La joven venezolana asegura haber quedado muy afectada  psicológicamente, con una sensación de querer salir corriendo y olvidarlo todo. Tuvo dos intentos: uno la llevó a la provincia de Mendoza en el interior de Argentina, y otro a Brasil, en ninguno de los dos se estableció, pero su estadía le sirvió para reflexionar sobre lo aprendido y llenarse de valor para seguir adelante.

Tras pasar el duelo de haber perdido el proyecto de su vida como lo fue Cumaco, se le ocurrió crear un nuevo emprendimiento con una idea que tenía tiempo merodeando en su mente: tequeños saborizados . Ya no era solo volver y vender comida venezolana, sino saber que ya el escenario era otro; habían muchos emprendimientos venezolanos posicionados y tenía el reto de presentar algo distinto, algo innovador para poder calar en el mercado.

Con un préstamo de 3mil pesos lo intentó una vez más, y empezó a vender tequeños desde casa por instagram. “Me ha gustado cada día más porque yo siempre estuve más relacionada en el mundo artístico, entonces este nuevo emprendimiento me lo he tomado como un laboratorio de creación. Me tomó cada tequeño como una creación de arte y realmente lo es, porque cada combinación de sabores y colores, es arte”.

Aunque confiesa que no ha sido fácil porque fue un proyecto que nació sin inversión alguna, día a día se esfuerza para que vaya creciendo. “Para mi estos tequeños representan lo que es la migración. El ofrecer unos tequeños y ver como van cambiando en sus distintas presentaciones, es representar como cada migrante deja de ser solo un autóctono y con el tiempo se va llenando de un montón de información, de un intercambio cultural y eso lo hace diferente”.

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Empezar de cero cuanto sea necesario

 “A pesar de que me ha pasado de todo, después de haber pasado una depresión muy fuerte por haber perdido todo, porque literalmente me quedé sin nada, con una mano adelante y una atrás como llegué a Buenos Aires hace 6 años, yo me siento muy motivada a seguir emprendiendo. Mi ilusión es volver a tener un espacio cultural, y así lo creo que yo voy a tenerlo. Seguramente no con el mismo formato de comida venezolana, sino a otro nivel”.

Ahora tiene 25 sabores de tequeños, pero planea llevar esta propuesta mucho más lejos. Para Iva, el arte es la salvación del mundo, ve todo como una expresión artística, más allá de lo obvio. Asegura que la gastronomía también es arte, así que se mantiene trabajando duro para en algún momento volver a tener un espacio cultural, de creación y de expresión. Si algo tiene claro la venezolana, es que se puede empezar de cero, cuántas veces sea necesario.

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