HUAL: Un hospital tipo 4 hoy convertido en un ambulatorio grande

El Hospital Universitario Ángel Larralde (HUAL), de tipo 4era conocido por ser «el orgullo» de la región carabobeña. Sin embargo, los lugareños aseguran que hoy, apenas alcanza a ser una especie de ambulatorio de un edificio.

Foto El Carabobeño

Para abordar de cerca la situación, el diario El Carabobeño el testimonio de Marta*, una mujer que conoció el antes y el ahora de este centro de salud. El trabajo se presenta a continuación.

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En el también llamado Hospital Carabobo fueron atendidos los padres, ambos fallecidos, e hijo de Marta*, a quien le salvaron la pierna después de un grave accidente automovilístico. Aún recibe alguna terapia su hermano menor.

A lo largo de los años ha visto el deterioro progresivo de esta infraestructura, que no es ni la sombra de lo que era hace una década. Por eso tomó una decisión. Está dispuesta a denunciar, hasta que alguna autoridad la escuche, las deplorables condiciones en las que se encuentra el centro asistencial.

El Hospital Ángel Larralde depende del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales. Es también un hospital universitario pues allí se imparte docencia de pre y postgrado gracias a un convenio entre la Universidad de Carabobo y el IVSS.

Fue un hospital tipo 4, de esos que reúnen varios servicios, como neurocirugía, cuidados intensivos, traumatología, neonatología, nefrología, ginecología y obstetricia, medicina interna, entre otros. También cuentan con quirófanos y salas especiales de hospitalización. En la teoría, todas existen en el HUAL. En la práctica, muy pocas funcionan. Los problemas que aquejan al centro asistencial son muchos y muy visibles.

La lista es larga. Marta, cuyo nombre cambiamos porque en este país denunciar se ha vuelto un delito que se puede pagar con cárcel, enumera una a una las dificultades que se han ido sumando para postrar hoy en una profunda desidia y abandono a uno de los centros asistenciales más importantes del estado.

Foto cortesía

Lo hace con lágrimas en los ojos, pues no puede entender como este emblemático lugar, donde le brindaron tanta ayuda a lo largo de los años, esté en tan deplorables condiciones. Por eso se convirtió en una especie de defensora del hospital, al que conoce en todas sus áreas.

Un repaso rápido da cuenta de años de abandono. “La máquina para realizar las colonoscopias tiene seis años dañada. La Unidad de Cuidados Intensivos tiene al menos dos años sin funcionar, desde hace tiempo la están acomodando pero aún no presta servicio”.

Son datos que ratifica el presidente del Colegio de Enfermería de Carabobo, Julio García. Este hospital llegó a presentar récord en actividad quirúrgica, atendía un número importante de pacientes oncológicos, pero todo eso se vino abajo. La terapia intensiva está cerrada desde hace dos años, cuando habían cuatro camas en el tercer piso. Por eso y por la lamentable pérdida de las áreas de especialidades, ya no podemos calificarlo igual, el perdió su capacidad de hospital tipo 4″.

La mitad de enfermeros

El HUAL tenía 750 enfermeros en su nómina. Hoy difícilmente llegan a 320, casi 50 % menos producto de los bajos sueldos, las dificultades de acceso al hospital y también por la diáspora. Pero García va más allá: «Si quisieran contratar personal en base a la capacidad original del centro asistencial, entonces ese déficit sube a 70 %”».

García también criticó que este centro asistencial no haya podido generar ofertas de servicios para pacientes COVID de gravedad, que por presentar dificultades respiratorias de consideración requieren terapia intensiva y ventilaciones invasivas. Ellos deben ser referidos a la Ciudad Hospitalaria Enrique Tejera (CHET).

En el Hospital Carabobo si hay pacientes internados con coronavirus, pero con patologías moderadas, según García.  Marta sabe que es así y atestigua que en estos momentos son unas 18 personas.

A ella le preocupa que, debido a que al lugar no llegan los camiones del aseo, el personal está teniendo que quemar la basura en los alrededores. Con asombro señala esta práctica como un grave daño para los pacientes aquejados por COVID-19, que están recluidos en lo que era la emergencia, pero también como un foco de contaminación importante.

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Sin insumos, ni pacientes

Como en el resto de los hospitales de la región, en el Ángel Larralde no hay insumos. Como ejemplo Marta citó que para una operación de prolapso los familiares deben gastar hasta 300 dólares, porque les piden de todo, hasta los yelcos. Los familiares de los pacientes aquejados por coronavirus tienen que llevar hasta los manómetros y los flujómetros para el oxígeno.

Familiares de una paciente que requería atención ginecológica se quejaron de la extensa lista de insumos que debían adquirir. Sobrepasaba los 500 dólares y lo peor, según denunciaron, es que serían atendidos en un servicio sucio, con camas en mal estado. «Hasta un perro estaba merodeando por el pasillo que da a la sala de partos».

Según Marta, en la actualidad hay muy pocos pacientes hospitalizados en las distintas áreas del HUAL. Mencionó a dos en traumatología, tres en medicina interna y una en ginecología.

El Carabobo es un hospital universitario en el que se dicta un postgrado en ginecología. Fuentes consultadas por El Carabobeño aseguraron que con tan pocos pacientes que llegan al lugar, las opciones de aprendizaje se reducen.

Y son varias las razones por las que al HUAL no llegan tantos pacientes como antes. Una es la dificultad de acceso al centro asistencial, por la merma en el transporte público o por la escasez de gasolina. Otro tema es la inseguridad, en especial en las noches, cuando transitar por la zona es altamente riesgoso.

Sin agua, sin salubridad

Uno de los padecimientos más graves del Hospital Carabobo es la escasez de agua. Las tuberías, las llaves y las bombas no sirven. Los tanques tienen filtraciones y cuando las cisternas llegan, lo cual es poco frecuente, el agua se pierde. Esta es una situación de años que ha obligado a centenares de familiares a llevar el agua para los pacientes y a subirla por las escaleras. En esto coinciden Marta y el presidente del gremio de Enfermería.

El personal de médicos, enfermeras y trabajadores no escapa de esta realidad. Están obligados a llevar botellones de agua para hacer sus necesidades.

Adicionalmente, según Marta, en el Carabobo no hay camareras y el personal de mantenimiento es muy poco. Ellos no tienen equipos de bioseguridad suficientes. Tampoco tienen implementos de limpieza.

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Tanto la falta de agua y de personal, ratificada también por Julio García, como de productos de limpieza, se nota en unas áreas más que en otras. «Los baños son un desastre. No se pueden bajar las pocetas y mucha gente hace sus necesidades en el piso y hasta en los lavamanos». Las escenas son dantescas.

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Pero Marta le atribuye también a falta de conciencia ciudadana parte del estado deplorable en que se encuentran, por ejemplo, los baños. «Hace años los familiares nos poníamos de acuerdo y limpiábamos, pero ya nada de eso ocurre».

Hoy, el contraste se aprecia en unos pasillos más o menos limpios, pero salas y baños en deplorables condiciones.

Saqueados, desvalijados…

Pero no es la única escena dantesca. En la parte de atrás del hospital funcionaba el laboratorio de Unilime, que pertenecía a la Universidad de Carabobo. Hace como un año una banda desvalijó el espacio. «Cargaron con todos los equipos, el área fue destruida, saqueada».

El banco de sangre corrió la misma suerte, pero tres años antes. «Se robaron hasta las ventanas«.

Las máquinas del laboratorio se dañaron desde hace como cinco años. Marta cuenta que en la actualidad solo se practican exámenes de heces y orina. «Ni una hematología porque no hay reactivos tampoco».

Hace como dos años la GNB estaba allí pero luego abandonaron y eso quedó prácticamente solo, lamentó Marta. «Los que medio resguardan las áreas son los milicianos, pero tienen limitaciones para garantizar la seguridad a esos niveles».

En la Sala A del tercer piso, en el área de medicina interna, también hubo robos. Las camas están siendo desvalijadas, se llevan las ruedas. También cargaron con una poceta y lavaplatos, sin que todavía se sepa quien fue.

Los quirófanos están prácticamente inservibles. Los aires se los llevaron, las puertas no existen.

Carencias y más

Hay difuntos que duran hasta cinco días descomponiéndose en lo que llaman la morgue. Es, según Marta, un espacio no apto para tener cadáveres, pues carece de neveras en buen estado para mantenerlos, por lo que se descomponen con rapidez.

Entre marzo y abril le robaron la puerta a la cava, sin que se sepa tampoco quién lo hizo. La contaminación es evidente.

Los ascensores no sirvieron durante mucho tiempo. Los familiares debían bajar a los pacientes por las escaleras. Por fortuna, tienen algunos días funcionando, no se sabe por cuánto tiempo más.

«Hasta hace 10 años la situación fue distinta, funcionaban los ascensores, habían insumos y también comida». A propósito del comedor, Marta contó que son tan pocos los productos que reciben las cocineras, que la comida no aguanta un análisis nutricional.

Algo funciona

Pero no todo en el Carabobo está paralizado. Las áreas de traumatología, medicina interna, ginecología y obstetricia funcionan, con limitaciones pero están activas. También el área de COVID-19. «Hay que llevar todos los insumos, pero por lo menos te atienden los pocos médicos y enfermeras que quedan porque la mayoría se ha ido, renuncian por los bajos sueldos».

Una de las pocas cosas buenas que contabiliza Marta es la planta eléctrica que, por fortuna, aún sirve.

Marta no sabe por qué se está trabajando tan mal en el lugar. Tiene sus esperanzas puestas en el nuevo subdirector, Jesús Pérez, que es un médico que conoce el hospital y que espera que haga buen equipo con el director, Jesús González.

Marta asumió la denuncia de lo que sucede en el hospital porque siente la necesidad de agradecer de alguna manera las atenciones a sus familiares.

Ella sabe que una golondrina no hace verano, pero está dispuesta a insistir. Está consciente de que el personal no puede denunciar porque los botan y los maltratan. Ha pedido a otros pacientes que se unan para denunciar lo que pasa, pero todos tienen miedo. Ella también siente temor. Que su cara aparezca en algún medio de comunicación le preocupa pues sabe cómo actúan los funcionarios del Gobierno que no han sido capaces de corregir todas estas desviaciones.

Le pide a Rafael Lacava que se acerque. «El gobernador estuvo cerquita, en el González Plaza, que arregló muy bonito, pero al Carabobo no llegó. Se le ha pedido apoyo al alcalde de Naguanagua para que al  menos limpien y lleven agua, pero no ha hecho nada».

El Carabobeño intentó sin éxito obtener una entrevista con la presidenta del Instituto Carabobeño de la Salud,  Jonna Acero. Las gestiones a través de la secretaría de Comunicación del Gobierno de Carabobo no arrojaron frutos.

Mientras tanto, Marta sigue denunciando y lo hará mientras tenga fuerzas para seguir buscando mejoras para el Hospital Carabobo, hoy por hoy, el ambulatorio más grande la región. Espera que las soluciones no se solapen con la desidia.

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