Crónica | El grito desesperado de José Martínez, un sidorista desactivado en pandemia

José Martínez, un hombre de 45 años, quedó nuevamente hasta las tres de la mañana pensando sobre lo que haría en el día para traer comida a su hogar, o por lo menos intentar no volverse loco por el encierro. Ha laborado continuamente en todo lo que se le presentaba en el camino desde su adolescencia, y cuando llegó a Sidor a la edad de 20 años no ha dejado el lugar desde entonces, pero no fue hasta que empezó la pandemia por la COVID-19 en el estado Bolívar, que su vida tuvo una pausa, algo para lo cual no estaba preparado financiera ni psicológicamente.

José Martínez, trabajador de Sidor

José Martínez desactivado en pandemia

Él es parte de las estadísticas de los cientos de trabajadores que fueron desactivados de Sidor durante la pandemia. Aún siendo líder de su propio grupo técnico, lo obligaron a quedarse en casa a esperar nuevas órdenes; las cuales llevan meses sin aparecer, solo recibe señales confusas sobre lo que ocurre dentro de la empresa en su ausencia.

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Cuando la desesperanza toca tu puerta

Escucha el sonido de un mensaje que proviene de su celular, revisa las notificaciones esperanzado de nuevas señales para volver. Sin embargo, pierde la esperanza cuando uno de sus colegas advierte nuevamente que la siderúrgica se mantiene cerrada para todos los trabajadores hasta nuevo aviso. Y solo unos pocos tienen autorización para entrar a la empresa.

Estar desactivado afectó sus emociones y finanzas

Constantemente suspira irritado; se muestra cansado. No sabe cuál de las dos domina sobre sus emociones, todavía sigue recibiendo el salario de 1 dólar como si fuera a trabajar, pero eso no ayuda en nada a mantener a su familia, de forma desesperada y cansado comienza a maquinar ideas para ganar algo de dinero extra que lo ayude a comprar los alimentos del día.

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José Martínez decidió marchar para exigir sus derechos

Encerrado, sin dinero, agotado y asustado cada vez que sale de casa para realizar alguna diligencia o compra con el riesgo de enfermar a su familia al volver, vuelve a sonar su teléfono, revisa el mensaje y se da cuenta que los trabajadores han decidido marchar para exigir sus derechos. Lo duda primero, pero igual que ellos encuentra injusta la situación, sin dinero, sin laborar y solo con excusas de por medio.

En la empresa, solo quedan los mayores como él, no hay jóvenes. Todos se dieron cuenta que no había futuro ahí. Pero él no podía irse, pues, qué iba hacer alguien mayor en otro lugar, es cuando decidió avanzar, tomó sus cosas, el equipo de protección y salió a protestar como todos sus compañeros cansados de callar un secreto a voces.

Al final, una empresa a la que le dedicó los años más importantes de su vida, prefirió mantenerlo en la miseria, antes de contar la verdad y sacar todas las deficiencias a la luz para una mejora.

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