Día 4: la cuarentena venezolana y sus estragos, una historia no muy distinta a las demás

Día cuatro. Es la tarde del jueves y al igual que en el transcurso de la semana, me encuentro frente a mi computadora corporativa, trabajando desde casa,debido al decreto nacional de cuarentena social y colectiva.

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A pesar de que cuatro días parezcan pocos, puede resultar un lapso de tiempo mayor, cuando en la mente de las personas está el pensamiento latente de que, por causa de una pandemia, la muerte se encuentra asechando. Y quizá esto parezca un poco exagerado si nos llevamos por el nivel de mortandad del COVID- 19 (2,3%), pero el temor aumenta cuando aterrizamos en lo que representa la realidad del sistema de salud venezolano.

Aún así, agradezco cada día Dios el poder tener la oportunidad de trabajar desde casa, porque además de amar lo que hago, me permite mantener la mente ocupada de la ansiedad generada por esta situación, los temores internos de que esta enfermedad pueda afectar a mi familia, mi novio, mis amigos o a mi; y de la nostalgia de saber que justo cuando finalmente me reencontraría con mi novio, después de un año sin vernos, otra circunstancia posterga ese momento.

Los días previos al decreto

Días antes de que se confirmaran los dos primeros casos de coronavirus en Venezuela, recuerdo las pláticas familiares y con mis compañeros de trabajo,sobre qué pasaría si el virus llegaba a nuestro país. Todas las reacciones ante esa posibilidad eran angustiantes. Cada uno con sus diversos motivos pero, todos ellos, con la opinión compartida de que Venezuela no estaba preparada para afrontar esto.

En lo personal, muchos temores se asomaban en mis pensamientos: que el virus no llegue al país, que no afecte a mi familia en el exterior, mi condición de salud al ser asmática y en consecuencia, más vulnerable ante la enfermedad y, las medidas que los Gobiernos tomaran y pudieran impedir mi viaje a Chile, donde estaba a nada de reencontrarme con mi novio.

Un temor hecho realidad

Este domingo, luego de mucha angustia por comprar un boleto de avión, antes de que se tomaran medidas drásticas en Venezuela por la llegada del coronavirus, mi novio me dio la grata sorpresa de que ya tenía pasaje comprado y fecha de viaje para mí: viajaría este domingo 22 de marzo. Sin embargo, ese mismo día, Nicolás Maduro anunció el decreto de cuarentana, a partir del lunes en la madrugada, en siete estados del país y, después, la medida se extendió a escala nacional.

Chile también tomó medidas para frenar la expansión de la epidemia, entre ellas, el cierre de fronteras y restricción de entrada o salida a ese país por las diferentes vías de acceso.

Un pasaje devuelto y muy poca explicación por parte de la agencia de viajes fue la clara prueba de que ya mi vuelo quedaba celado, y por nuestra parte, en manos de Dios.

La fe mueve montañas

Siempre he sido partidaria de que, de todo lo malo, también surgen cosas buenas. Y no se trata de no ver la realidad de las cosas, sino, de gratitud. Hoy sé que mundialmente, a la fecha, el coronavirus ha cobrado la vida de más de 8.000 personas. sin embargo, doy gracias también, porque este duro escenario, puedo batallarlo de la mano de mis padres, quienes hacen de esta cuarentena, un mejor momento familiar.

También, porque a pesar de que mis temores internos siguen latentes, he aprovechado de cada uno de estos cuatro días para confiarle a Dios que esta situación mundial, también tenga una solución a esa escala, porque la fe mueve montañas.

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