Crónica | La depresión tocó a mi puerta

No hay nada nuevo en el día de José Gregorio Mata, cada día para él es una nueva agonía de vivir un destino sin luz a final del túnel. La tristeza, el llanto, el dolor y la desesperanza son las bases para que esta enfermedad aparezca en la vida de quien la padece. 

Depresión producto de la cuarentena. Foto: Pixabay

Tiene 56 años, maestro de bachillerato jubilado e incapacitado por problemas con la cervical por sus años laborales.

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Al comenzar la pandemia, tenía un trabajo de conserje en un condominio, el cual perdió por recorte salarial. Vive con su mamá de 82 años y una hermana de 58, quien también es maestra jubilada, con 25 años de incansable ejercicio. 

Los hijos de José Gregorio Fabián y Estefanía, están fuera del país. Viajaron a Colombia en el 2018 y luego se fueron a Ecuador. Es viudo y no tiene pareja actualmente, pero si una compañera que lo sigue desde hace ocho meses y fue diagnosticada como depresión crónica. 

A inicios de mayo comenzó a perder el apetito, llegando a los 56 kilos, no se bañaba, no salía de su habitación en días. No veía televisión, no leía, no les atendía el teléfono a sus hijos, lo que hizo que su hermana lo llevara al médico y entre los pocos estudios que lograron hacerle, ya sabían que era algo relacionado a su salud mental. 

El silencio como primer síntoma de la depresión 

A José Gregorio le gusta conversa. Además, le gusta la lectura y las series policíacas. Desde hace varios meses comenzó a ser corto de palabras, hablaba entre dientes y cuando le pedían que repitiera las frases, gritaba furioso. 

Dejó de darle importancia al aseo personal, y su habitación se convirtió en un refugio. No le importa saber de noticias, ni tampoco pregunta por el fechas u horas. Solo dice que quiere morirse y dejar de vivir esta “vida de miseria” como afirma. 

Una tristeza tan honda y fuerte que lleva consigo a no querer hacer ninguna actividad física, por más fácil que sea amerita un esfuerzo que no está en capacidad de hacer.

Se siente culpable por tener que ser mantenido por sus hijos, quienes tienen varios trabajos para poder mandar dinero a Venezuela, y pagar cuentas en el extranjero.

Para tratar su padecimiento, le recetaron varios antidepresivos, y una nueva rutina de actividades. Nada fácil para el entorno en el cual está sumergido. A pesar de tener familia cercana, siente que debería estar mejor si estuviera solo.

Querer desaparecer le dijo José a su hermana que es la única sensación que experimenta. “Quiero que amanezca un día y ya no estar aquí, en este cuarto, en este país, en este mundo, solo eso quiero”. 

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