Carnaval en Chichiriviche: un cayo dos historias

Daniel es un amable señor de 60 años de edad, oriundo de Tucacas estado Falcón. Él hace vida laboral en uno de los cayos más visitados de la región en temporada de carnaval: Cayo Muerto. Ya tiene 30 años desempeñándose como vendedor de camarones, ostras y demás exquisiteces marinas. Es una de las 100 personas que hay en este sitio actualmente, dedicados de manera honrada a trabajar.

Su intensa rutina no lo hace desmayar, ya que cada vez que se levanta muy temprano en la mañana, sale encomendado a Dios con el fiel propósito de hacer el bien y convertirse en el reflejo heroico de su hogar, donde es el sostén de un grupo conformado por seis personas, aunque dos de sus cuatro hijos se encuentran haciendo vida en Colombia «por situación país».

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Dani -como es conocido por muchos- previo a su momento de trabajo, sale al menos tres veces por semana, a buscar su mercancía. Productos totalmente frescos que se convierten en un exquisito gusto al paladar de quienes lo adquieren.

«Me fajo en colocarle esmero a cada cosa que vendo. Por ejemplo, los camarones no los vendo solos, le coloco su aliño, trocitos de aguacate un toque de mi salsa secreta y si quieres la galletica de soda, también te la doy», dijo con orgullo Daniel.

Realidad de la que tampoco se escapa en carnaval

Para él es muy evidente lo que ocurre en el país, no escapa de una realidad que abriga a muchos venezolanos con respecto al tema económico y aunque «todo esté caro, no hay motivos para desmayar».

Se ha visto, como muchos, en la necesidad de reinventarse. Si antes vendía con un amplio abanico de opciones, ahora se reduce a ofrecer lo más común, sin dejar a un lado la calidad de sus productos.

«Cuando salgo a comprar los camarones, las ostras y demás, me llego a un puerto para cuadrar todo con los lancheros. Ellos se encargan de conseguir lo que necesito para lo que hago. Ya más o menos al medio día les doy el pago. No te creas, es caro», relató con asombro Dani.

No solo el pago a los lancheros le resulta costoso, sino en ocasiones, la manera en como los cancela. Se ha visto en la necesidad de realizar algún trueque por productos de la canasta alimentaria, algún repuesto o combustible.

«Sí, es verdad, todo está muy caro. Cuando me preguntan por qué lo vendo a tal precio, a algunos les explico bien. Al lanchero le pago mínimo 20$ según los kilos que pido. El vinagre, limón, sal, envases, entre otras cosas, por aquí lo venden

carísimo. Sumo mi inversión y aún así, mi margen de ganancia no es la que debe ser», expresó con claridad Daniel.

Historia distinta, con cosas en común

Entre la gente que disfrutaba de un día soleado, se escuchaba a otra persona que ofrecía el ceviche como su especialidad. Pero sus siete potencias, rompe colchón y vuelve a la vida, son parte de las opciones que el señor José ofrece a los turistas que llegan a Cayo Muerto año tras año.

Jocoso, extrovertido y con una actitud muy positiva, se observaba en cada puesto que pasaba con su cava cargada de mercancía y un tobo lleno de ostras a Juan, quien no aparenta tener los 50 años que dice tener y con más de dos décadas como vendedor de lo que denomina «maravillas exóticas» en el lugar.

El también conocido como «dicharachero», tiene una particular manera de ofrecer un buen plato de camarones. Posee la virtud de convencer a muchos con su gracia y darte hasta una rebaja considerable, «porque lo que importa es siempre mantener al cliente feliz».

«A pesar de que la situación ha cambiado yo me mantengo feliz. Trato de que esa felicidad se transmita a quienes les vendo porque de eso se trata. Ellos vienen a pasarla bien y yo a lo mismo, aunque esté trabajando».

Con sus manos que reflejaban los años de duro trabajo, manipulaba los alimentos de manera rápida para la preparación de un plato que se veía sabroso en el gusto de quien lo compraba. Pese a que cada plato tenía un costo de $5, él los ofrecía «resueltos» para que repitan.

Para José ya estos tiempos no son iguales y ha sido todo más difícil. Es un señor soñador que se mantiene con la convicción de seguir trabajando porque anhela una Venezuela mejor y eso se logra con trabajo.

El cambio en los tiempos y maneras de cobro

Los buenos tiempos para Daniel y Juan ya hoy en día no son los mismos, ambos han visto que llegan menos personas al cayo. A los dos solo les queda en el recuerdo que los fines de semana abundaban los turistas. Esto lo han tenido que afrontar desde hace tres años. Las ventas de sus productos han caído en un 60%.

Daniel recuerda que tiempo atrás, empezaba a trabajar a las 7:00 AM y las 3:00 PM estaba listo para irse a casa a compartir con su familia o amigos. Ahora, es menos la cantidad productos que carga en su cava con el propósito de venderlos todos en un día. Aún así, en ocasiones cuando se devuelve a su casa, va con su cava de color azul y algunos productos todavía adentro sin haber vendido.

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Foto Todos Ahora

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Los pagos ya abiertamente los reciben en moneda extranjera. Bien aceptan los pesos colombianos, euros y “el verde”. Notoriamente los cobros de cada platillo que se ofrecen son expresados en dólares, porque, aseguran que es más fácil decir un monto bajo en esa denominación que en bolívares.

“Los verdes yo los recibo al precio del momento, quizá un poco más bajo, pero sí los acepto, hasta rayados”, dijo el señor Daniel en el momento de expresar su historia.

Mientras tanto, el señor Juan decía que ya los puntos de venta pasaron a usarse menos en vista de que las personas han optado en hacer sus pagos con moneda extranjera. Quienes tenían puntos de venta alquilados hace dos meses cobraban hasta un 20% por encima del valor del producto. Ya en el presente cobran solo un 10% adicional sobre el total a pagar.

Seguridad y control en el cayo en carnaval

Mientras que el señor Daniel, Juan, los demás vendedores y turistas que estaban en el lugar, iban de un lado a otro caminando por las blancas arenas del hermoso lugar, transitaba también un personal de seguridad compuesto por efectivos de la Policía Nacional Bolivariana del estado Falcón (PNB) y del Instituto Nacional de Parques de Venezuela (Inparques), para velar y por la tranquilad del lugar y asegurarse de que algunos vendedores no incurran en ventas ilícitas de productos no permitidos, entre ellos, la langosta.

Juan contó con preocupación mientras que la PNB e Inparques le revisaba su cava, que de tener en su posesión langostas para vender, estaría cometiendo un delito, ya que durante el periodo de veda del crustáceo no se puede comercializar esta especie.

A su vez, uno de los jóvenes uniformados afirmaba que el comentario que hacía Juan era correcto. “El periodo de veda de langosta comienza el primero de febrero y culmina en septiembre. Esto busca proteger la especie y los pescadores deben abstenerse de capturarla”.

Cuando se habla de carnaval en Venezuela, siempre se piensa en la diversión y alegría. También en los colores que se aprecian en cada calle y en la variedad de disfraces que usan los niños, jóvenes y hasta adultos. Pero además existe una versión real, entre otras tantas que se escapan de vista en muchos.

Daniel y Juan se mostraron como el ejemplo de un país trabajador, una nación con situaciones distintas, donde la diversidad es sinónimo de que se puede convivir. Todos con el sueño de una transformación positiva en cada ámbito.

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