Día 47: Mi abuela dio negativo a la prueba de COVID-19

Hoy se cumplen un poco más de 48 días sin ver a la abuela. Aunque esto ha sido un vaivén de emociones, ahora creo más que nunca en que la tranquilidad va de la mano con la salud. Y cuando digo tranquilidad no solo hablo por quien goza de buena salud, me refiero mucho más a quienes necesitamos que los seres amados estén sanos.

Con la llegada de la COVID-19 nunca temí por mi. Temía, y temo, por la salud de los míos, de esos que te duelen en el alma. Pero por sobre todas las cosas temía por la salud de mi abuela, madre de mi madre. No podía concebir el hecho de que algo tan nuevo terminara por ser la estocada final para ella. Mucho menos cuando si algo la define es que es una guerrera, como pocas.

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Hace dos años mi abuela dejó de vivir conmigo. Todo comenzó cuando un segundo Accidente Cerebrovascular (ACV) la dejó dependiendo 100% de nosotros. Aunque por un año nos dedicamos a cuidarla, mi abuela se negaba a la posibilidad de que alguna de nosotras detuviera su vida. Tanta fue la negativa que, pese a todo pronóstico, se recuperó. ¡Volvió a caminar y comer por sí sola!

Pero entonces, ya sus más de 80 años traerían consecuencias graves para su salud. El alzheimer llegó para complicar aún más la situación. No recuerdo días más inquietos y turbulentos en mi vida. Mi abuela dejó de reconocerme.

Fue entonces cuando, a pesar de los prejuicios de muchos, y de los latigazos que nos dábamos como familia, decidimos darle un mejor lugar donde vivir. Encontramos a unas personas maravillosas, en una casa para ancianos. Aunque mucho nos lo reprochamos, esta decisión más que por nosotros, fue por darle calidad a sus últimos años de vida.

Pandemia y buenas noticias

Ya la abuela tiene dos años viviendo allí. Rodeada de personas que la cuidan, y que ahora puedo decir que la quieren. Es religioso para la familia visitarla cada semana. La última vez que la vi, echaba cuentos carentes de sentido, cuentos que no me canso de escuchar atenta. Esto aunque muchas veces me llame por otro nombre o no recuerde de quién soy hija. Esa última vez que la vi fue justamente el día en que decretaron la cuarentena en Venezuela.

El mismo miedo de los años anteriores regresó aún con más fuerza. Mi trabajo me hizo conocer de cerca las implicaciones de esta enfermedad para los mayores. Otra vez temí por mi abuela.

Inmediatamente su casa prohibió las visitas, para preservar su salud. Así transcurrió el primer mes de cuarentena, íbamos a darle lo que requería pero no podíamos entrar a verla. Esto ha afectado por igual a toda la familia, quienes tenemos la certeza pendiendo de un hilo en esta situación.

Sin embargo, la luz al final del túnel llegó cuando el día 38, aproximadamente, le realizaron la prueba para determinar si tenía COVID-19. Nos llamaron para decirnos que fue negativa, ella estaba bien. Por fortuna, sus compañeros y el personas de salud que cuida de ella también está sano.

Aunque esta incertidumbre no termina, la pandemia aún no acaba y sigo sin poder escuchar sus cuentos de aventuras, no pierdo la fe en que nuevamente podré abrazarla y tomaré su mano, aunque eventualmente, no sepa exactamente quién la toca.

Si no tenemos esperanza en esta situación ¿Entonces qué nos queda? 

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