sábado, abril 20

La venganza de Estado contra nuestra cultura. Por: Yonnathan Carrillo.

Me declaro defensor de los más sublimes sentimientos que giran en torno al actuar cotidiano de la ciudadanía venezolana. No podría desentenderme de la destreza que tiene una persona en abrir conversación con quienes se encuentran a su lado en cualquier circunstancia que le depara las diligencias de la poblada ciudad.

Si bien queremos conocer sobre el calor humano que existe en la población de nuestro país, basta visitar a los parientes de nuestros amigos en los Llanos o en los Andes, o sin menosprecio alguno en el Oriente u Occidente del territorio, de norte a sur, de este a oeste, nos encontramos con la cálida entrega de unos desconocidos por otros, que se abren desde ese preciso encuentro a formar parte de su cadena familiar.

Nos hacemos amigos del portero, del chofer, del que atiende el estacionamiento, del recepcionista, de la secretaria, del profesor, en fin, somos afanosos a la hora de tratar como amigos a los desconocidos que por alguna razón coinciden en nuestro caminar, esto es parte de nuestra venezolanidad, no es algo ajeno o extraño a nuestra esencia.
Hablar de Venezuela es hablar de familia, de amigos, es hablar de buenas costumbres, si alguien llegara a ver algo distinto, nos estaríamos encontrando en otra tierra, en otro lugar. Es difícil y lo sé, pero para el lamentar de nuestra cultura y de nuestra identidad hoy tenemos malas noticias.

Mario Briceño Iragorry, hablando sobre la crisis de nuestro país, dirá textualmente en su ensayo titulado “Mensaje sin destino”:

… Aquí fundamentalmente no se odia, de lo contrario, el hombre venezolano, carente de conciencia colectiva para el delito, ha vivido en trance permanente de olvidar y de servir. Jamás hemos visto cultivado como método de lucha el crimen político, y a pesar de las arbitrariedades de los gobiernos personalistas, nunca se ha puesto en acción como sistema de venganza de sangre.

A lo largo del siglo XXI, inaugurado bajo la presidencia de Hugo Chávez, hemos visto piezas que no encajan en nuestra acervo, si bien otros hombres de poder a lo largo de nuestra historia se han comportado como viles dueños de Venezuela como ‘su hato’ para ejercer la presidencia de nuestro país, me atrevería a decir que esas acciones no se acomodan en nuestra conciencia como parte de nuestra venezolanidad, más aún, son rechazadas por la población y, en la actualidad, ese rechazo sigue presente ante el horror que se evidencia por mandato del ejecutivo en manos de la policía política conocida como SEBIN. Son distintos y reiterados los casos de ensañamiento y violencia contra los hombres y mujeres que representan los principios democráticos: Simonovis, Afiuni, Génesis Carmona, Franklin Brito, Oscar Pérez, Gabriel Vallés y Lorent Saleh, Juan Pernalette y casos aún más recientes como el del diputado Juan Requesens. Pero debo hacer un alto y mención aparte del horroroso y sin escrúpulo caso del Concejal y hombre de bien Fernando Albán, pudiéramos decir que “se les pasó la mano” pero estaríamos obviando los antecedentes criminales con que vienen ejerciendo el poder desde años atrás, no, no se les pasó la mano, simplemente hay un reflejo tácito de las palabras de la hoy vicepresidente de la República Delcy Rodriguez “la Revolución es nuestra venganza”. Sí, es su venganza, eso es algo que vienen mostrando sin miedo y sin descaro y sin ningún grado de vergüenza, porque esa es la naturaleza con que han venido a ejercer su proyecto personal, un proyecto cargado de resentimiento y de odio, no en vano las numerables muertes en mano de la delincuencia, de las OLP, del hambre y de las enfermedades y más evidente aún las que ocurren a cada momento en las cárceles del país.

El chavismo hoy presidido por Nicolás Maduro es lo contrario a nuestra venezolanidad, no representan esa familiaridad, esa amistad real y esas bondades calurosas que son parte de nuestra cultura; nos han sembrado el miedo de unos con otros, la desconfianza está presente en cada momento de nuestra día a día, han hecho que el café y las arepas se ausenten de nuestras mesas y que nos encerremos más y más en nuestras casas para que la vergüenza de nuestras carencias económicas no afloren a la vista de nuestros vecinos. Sí, se han venido vengado de un hecho sobre el cual no tenemos culpa y nos han desfigurado el rostro, tanto, que ante nuestros ojos han asesinado, vejado, golpeado y perseguido a quienes han asumido la tarea de ser luchadores de la justicia y nos han dejado tan atónitos que hemos sido poco apresurados a la hora de responder ante esos viles hechos. Pero, estoy seguro en el fondo de mi ser, que no estamos desconectados con el deseo de bien que encierra nuestro espíritu y la lucha por la conquista de la paz en nuestra nación no ha cesado, nos toca secar las lágrimas de nuestros ojos y pasar por encima de la sangre de nuestros caídos, respirar y mirar con esperanza al horizonte y enarbolar la bandera de unión entre todos los estratos, entre todos los colores, entre todas las ideas y posturas para hacer un frente definitivo a quienes han hecho del poder su guarida criminal para transformar la belleza de lo político en un campo de exterminio humano.

Me gustaría reescribir las palabras de Briceño Iragorry y colocarle mayor tono de color para resaltar la grandeza que encierra vivir en esta tierra y ser testigos de esa venezolanidad; pero no, nuestra generación se ha topado con algo distinto y hoy estamos desterrados en nuestro propio suelo, la política ha desaparecido y se abre el terreno a los juegos de las mafias, de los criminales, de los delincuentes, de los guerrilleros, de los terroristas y resentidos que han hecho del crimen político, de la persecución, de las torturas, y de la sangre su magnífica bandera, disimulada con el irreal grito de “revolución”. Esa es el alma del chavismo, un alma grotesca y podrida sin ánimo de sembrar una cultura de bien, más aún, de acabarla, incluso con la muerte de quienes la representan. Por eso la muerte de Alban no es al azar, él era un hombre de fe, de principios, luchador por la justicia, por la libertad y por la paz de nuestro país; hacer lo que Fernando Albán hacía en vida, es ser un destacado oponente de lo atroz que es el régimen chavista y el mejor remedio contra esa fortaleza que representan los buenos, es la muerte, porque no hay violencia ni amedrentamiento ante la convicción que un hombre de esta estatura tiene para combatir a los que hacen el mal.

Está en la sabiduría de nuestros mayores y, en la fortaleza de nuestra juventud, reconstruir ese país que todos queremos donde el encuentro, la reconciliación, la justicia, la libertad y la paz sean los más altos estandartes que se levanten en honor de aquellos a quienes les arrebataron su vida por defender esta lucha de/por bien. Sé que se puede. Seguimos.

Yonnathan Carrillo.

Universidad Central de Venezuela.

Twitter e Instagram: @Yonnathan_gc

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