viernes, julio 19

¡La dirigencia estudiantil debe sobrevivir! Por David Flores.

Por David Flores. Dirigente estudiantil de la Universidad Central de Venezuela.

Miembro del equipo político @HechosUCV.

Agradezco de forma muy sincera a todos los estudiantes que siguen trabajando por Venezuela desde sus espacios y que con discusiones muy valiosas nutrieron el contenido de este artículo, entre ellos Gabriele Colasante, Isabella Sanfuentes y Cristian Torres.

El Movimiento Estudiantil ha representado históricamente la expresión ciudadana emanada de nuestras universidades. En sí mismo es una mezcla de elementos que lo hacen único por demás entre todos los actores que han tenido alguna incidencia en el sistema político venezolano. Esta mezcla surge de la diversidad socioeconómica, cultural y multidisciplinaria que lo compone: es ciudad, barrio, campo y juventud, elemento diferenciador que completa la ecuación que potencia una mejor comprensión de la realidad a la hora de emprender alguna acción.

 

No obstante, este código genético no garantiza resultados ni incidencia real en el sistema político, menos en nuestros días cuando el Movimiento Estudiantil se ve asediado por factores internos y externos a él, y por el cruce de estos.

Estas anotaciones pretenden trascender las naturales y demarcadas, pero siempre cambiantes rivalidades existentes dentro del ME, pues, aunque resulten necesarias para el ejercicio democrático en los procesos de toma de decisiones en el ámbito universitario, poco importan ante la generalizada desmovilización que atraviesan las dirigencias que lo constituyen.

Sea este un mensaje para todas las dirigencias estudiantiles universitarias.

Las dos realidades

Partamos de dos afirmaciones. En primer lugar tenemos que el Movimiento Estudiantil existe y se ha movilizado casi en su totalidad sobre la base del voluntariado, razón por la cual las ganancias para los voluntarios se remiten a la realización personal, sea por la obtención de determinados resultados electorales, el alcance de ciertas aspiraciones políticas o por el cumplimiento de una profunda vocación reivindicativa, sin que haya de por medio alguna transacción salarial o recompensa material.

En otras palabras, nuestras dirigencias estudiantiles son integradas por jóvenes con la voluntad de crecer y trabajar para transformar el entorno que los rodea con los medios que se procuran por sí mismos.

Pero ¿qué pasa cuando de forma cada más cercana a la vocación un sinfín de necesidades se presentan en ascenso? La respuesta a tal interrogante pareciera reposar en nuestra segunda afirmación: la deserción estudiantil universitaria es el principal asedio del Movimiento Estudiantil en la actualidad. Claro que no se trata de un caso aislado de combustión interna espontánea: las relaciones causales del abandono de pupitres plantean el cruce entre los factores internos y externos que atentan contra nuestras dirigencias.

Es así como la deserción estudiantil vista como un factor interno de asedio se nos presenta como consecuencia del colapso de las estructuras económicas de nuestro país, que a su vez se presentan como resultado directo de la incapacidad administrativa del régimen que conduce al Estado venezolano (factor externo de asedio), y sus más profundas implicaciones sociales, en este caso, la cotidianidad de la vida universitaria como parte del desarrollo personal de los estudiantes.

Este desarrollo individual cada vez es más complejo. A diario vemos como más y más estudiantes ante el rápido aumento de las necesidades abandonan los salones por no contar con los recursos para trasladarse a la universidad, o por no poder proveerse alguna o ninguna de las comidas necesarias durante la jornada académica, por salir a la calle en busca de un trabajo que les permita generar ingresos o porque la justa búsqueda de mejores condiciones de vida los empuja a migrar lejos de su tierra.

Pareciese entonces que los estudios universitarios, sean públicos o privados, pasan a ser vistos como un gasto y no como una inversión, sobre todo si a las precarias condiciones anteriormente descritas se suman los aparentes mayores niveles de productividad que proporciona la informalidad en un país en el que se debe garantizar un día a la vez ante la incapacidad de ahorro, de manera que la profesionalización deja de verse como una oportunidad de crecimiento personal y pasa a entenderse como un ejercicio que implica gastos y una lenta productividad.

Si cruzamos nuestras dos afirmaciones tenemos que el voluntariado que compone las bases del Movimiento Estudiantil se encuentra cada vez más susceptible de abandonar la universidad. De hecho, hace algunos meses la Secretaría General de la Universidad Central de Venezuela publicó los índices de deserción universitaria por facultad para el período 2017-2018 y el promedio apunta un 29,1%, porcentaje que podría ser mayor si se tuvieran en cuenta aquellos estudiantes que se han inscrito pero que no asisten a las aulas con la intención de no perder el cupo. Incluso, si realizamos un ejercicio meramente deductivo podríamos estar hablando de un 40-50% de deserción para el cierre de este año.

El motor de los grupos políticos estudiantiles

De esta forma el problema parece relacionarse con la disminución y el debilitamiento de los incentivos con los que cuenta un individuo para estudiar, sin embargo, en el ámbito de las dirigencias estudiantiles esta aproximación al problema ha de hacerse también desde lo colectivo, entendiendo que el Movimiento Estudiantil funciona sobre sí mismo por medio de la actividad de diversos grupos políticos estudiantiles, con estructuras organizacionales establecidas que operan de acuerdo a los recursos con los que puedan contar.

En otras palabras, la actividad política se ejecuta por voluntarios pero requiere recursos para tal ejecución y, en un país sumergido en hiperinflación, tal necesidad parece una quimera.

Los dirigentes estudiantiles trabajamos con las uñas; con el dinero que por cuenta propia podemos aportar para el funcionamiento de nuestros equipos, que en lo que a producir alguna actividad se refiere, siempre termina por ser insuficiente. Hacer política, sea cual sea el ámbito, es costoso, sobre todo cuando el financiamiento es provisto por los propios miembros del equipo.

Esta afirmación, netamente material, ha logrado dar forma a una percepción que tiende a estar más presente en la actitud y discursos de las dirigencias universitarias, desde los que se asume que la situación nacional y con ella, la de la universidad, han superado el nivel de incidencia con el que cuentan los estudiantes. Tal parece que muchos líderes estudiantiles se han dado por vencidos, pero lo han hecho desde un marco carente de innovación.

Ineludiblemente quienes hacemos política universitaria somos el vivo reflejo del sistema político venezolano y de su advertida crisis de representación.

Sea por formación indirecta, por mero isomorfismo o por el desapego a la academia y el conocimiento generado por tanto cerebro venezolano volcado al análisis de nuestras estructuras sociales, hemos logrado profundizar la brecha entre los actores políticos y la ciudadanía.

En el caso de nuestras universidades, las dirigencias han limitado su acción política a la obtención de determinados resultados electorales con iniciativas casi siempre clientelares, mientras que las demandas o, en este caso, necesidades sentidas de la comunidad estudiantil en vez de verse representadas tienden a ser invisibilizadas, arrojando como resultado la pérdida de credibilidad y una creciente desmovilización.

La realidad de nuestras universidades nos exige más empatía, formación y planificación. Los problemas estructurales no pueden ser atacados con una pintura en la pared que sigue siendo corroída por una filtración, pues el costo de la foto en redes sociales no compensará el del cierre de un espacio cuando este sea declarado como inhabitable.

Nos encontramos ante la desmovilización de las dirigencias estudiantiles universitarias como efecto de la deserción estudiantil consecuencia de la de la falta de incentivos para culminar una carrera, y de la creciente percepción de que los estudiantes somos incapaces de transformar nuestro entorno o incidir en el sistema político.

Una posible respuesta: dos objetivos

Si queremos que el Movimiento Estudiantil sobreviva y se fortalezca, debemos asumir que la responsabilidad es nuestra; reposa en los hombros de cada uno de los dirigentes que aún creemos en las capacidades de nuestros equipos y de cada uno de sus miembros. Por tal razón, considero que hoy hemos de plantearnos dos grandes objetivos.

1. La implementación de mecanismos de incentivo

En primer lugar, resulta prioritario generar mecanismos que incentiven a nuestros estudiantes a permanecer en los pupitres para reducir los índices de deserción estudiantil y promover el crecimiento del voluntariado que compone nuestros equipos políticos. Estos incentivos, según mi experiencia, pueden expresarse como incentivos formativos, económicos, funcionales y nacionales.

A. Incentivos formativos

En un contexto en el que los profesores no asisten a los salones como consecuencia de los míseros salarios que reciben, en el que las constantes convocatorias a paros sindicales rompen la continuidad académica y en el que paralelamente existe una gran preocupación por aprender oficios específicos o fortalecer aptitudes inherentes al área de estudio que se abordan someramente en clases, resulta necesario colocar al alcance de nuestros equipos políticos las diversas invitaciones a diplomados, talleres o programas de formación diseñados por diferentes ONG o por alianzas entre organizaciones educativas de estudios superiores y universidades que supondrían un plus en el proceso de crecimiento personal de nuestros estudiantes.

Este mecanismo de incentivo pasa por conocer los contenidos impartidos en los programas, conversar sobre ellos con los miembros de nuestros equipos y por estimular la participación de cada uno de acuerdo a sus intereses y objetivos, entendiendo que para el Movimiento Estudiantil es vital fortalecer habilidades como la oratoria, la redacción, la negociación, la idea y práctica del liderazgo, el marketing digital, el networking, y sobre todo la comprensión práctica, cuando menos básica, de conceptos relacionados con la política y lo político.

Por experiencia propia sé que convivir dentro de estos espacios de formación y relacionarse con gente que en mayor o menor medida tiene el corazón puesto en Venezuela es bastante revitalizante y ayuda a romper la tendencia de abandono y desencuentro. Tener al alcance un incentivo como este puede ser la diferencia entre más o menos estudiantes partiendo a otros países.

B. Incentivos económicos

Estos mecanismos se relacionen con los formativos en la medida en que la adquisición de herramientas específicas da acceso a los estudiantes a oportunidades laborales. En los últimos años, con la diversificación de las redes sociales y la globalización dentro de ellas, las demandas de creación, traducción y publicación de contenidos desde un modelo de trabajo remoto se encuentran a la orden del día y para su ejecución basta con tomar algunos cursos de marketing digital y de inglés, si fuera el caso.

No obstante, este mecanismo puede ser más eficaz si se establecen alianzas con los sectores privados y ONG, figuras que en alguna medida necesitan cercanía con el sector universitario. Este enlace puede contribuir a la satisfacción de la relación necesidad de ofertas laborales – presencia en las universidades. En la medida en que los estudiantes puedan satisfacer sus necesidades sin que esto interfiera con su desempeño estudiantil y viceversa, tendremos menos estudiantes coaccionados por la necesidad.

C. Incentivos funcionales

Son aquellos que demandan la asignación efectiva de responsabilidades dentro de las bases del Movimiento Estudiantil.

Normalmente los equipos operan a partir de la planificación emanada de sus estructuras centrales, remitiendo a sus bases la ejecución de las actividades desde un esquema normalmente refrendario. Sin embargo, este comportamiento de los equipos políticos termina por desmotivar a quienes no participan en el proceso de toma de decisiones y a aquellos que no detentan alguna función. En resumen, la operatividad es importante, pero puede ser más beneficiosa en tanto que parta de un proceso más descentralizado.

Claro que esto requiere de mayores esfuerzos en cuanto a una formación política de los cuadros de los equipos que garantice la concordancia entre los intereses de los miembros y los objetivos de la organización.

D. Incentivos nacionales

El Movimiento Estudiantil se ha caracterizado históricamente por su participación protagónica en los momentos de formulación, crisis y fractura del sistema democrático. Esta configuración como sociedad civil ante situaciones en las que la democracia ha sufrido ataques directos podría atribuirse a que las dirigencias pasadas tal vez creían fervientemente en que tenían la capacidad de incidir de alguna forma en el sistema político.

De manera que, en la actualidad, debe entenderse como una responsabilidad prioritaria relacionar el accionar de nuestros equipos con la realidad que atraviesa nuestro país, con la intención de transformar lo que parece imposible en potencialmente posible. Debemos dar un sentido a la movilización política desde cada uno de nuestros espacios, a través de mecanismos de expresión como foros, congresos y debates en lo académico; sea innovando nuestros métodos de protesta siempre desde el marco de la no violencia pues la presencia en la calle es importante, revitalizante y desencadenante; sea en lo político, por medio de la construcción de posturas y opiniones en torno a los fenómenos políticos que frecuentemente se evidencian en el acontecer nacional, o, finalmente, respaldando las luchas de otros gremios en la búsqueda de capital social.

En pocas palabras, hemos de lograr sentirnos útiles y capaces de alcanzar los cambios que amerita nuestro país, y en esa medida estaremos más dispuestos a movilizarnos políticamente.

2. Renovación de la dirigencias y elecciones estudiantiles

El segundo objetivo que quiero dejar sobre la mesa implica la renovación de las dirigencias y los cargos de representación estudiantil. Las actuales vocerías y cargos electos para los gobiernos estudiantiles han demostrado, desde la inflexión de las protestas del 2017, una poca  o nula disposición a movilizarse políticamente, sea por justo miedo al régimen autoritario, por ahogo económico, por el desgaste causado por asumir una responsabilidad para la que no tienen aptitudes, como es el caso de Rafaela Requesens, o por simple actitud refrendaria hacia las esporádicas acciones emprendidas por alguna de las debilitadas coaliciones políticas de oposición.

Sea cual sea el caso, parece indicar que los representantes estudiantiles en la actualidad han sido derrotados por un régimen cada vez más cercano al totalitarismo, sumidos en el desencuentro y en el desacomodo de su típico accionar en pos de resultados electorales. Por tanto, las elecciones de cargos de representación para el gobierno y cogobierno estudiantil son urgentemente necesarias para movilizar políticamente al Movimiento Estudiantil (sobre todo en la UCV y en la Universidad de Carabobo) desde su núcleo hasta sus esferas más cercanas al sistema político venezolano, tan necesitado de direccionalidad como de nuevos planteamientos.

Sin embargo, hay algo implícito en esta urgencia, y es que aquellos estudiantes que hoy identifican con objetividad y sentido crítico las profundas fallas del Movimiento Estudiantil y, al mismo tiempo, son capaces de reconocer las grandes necesidades desatendidas de la comunidad estudiantil, deben estar dispuestos a participar activamente: es momento de que asumamos con seriedad lo que los actuales representantes estudiantiles se ven incapaces de asumir: existen presidentes y presidentas, secretarios de esto y de aquello, cargos aquí y títulos allá, mas no podría decir que existen los resultados de tales gestiones.

Hemos de hacerlo por el bien de la Universidad. Hemos de hacerlo responsablemente.
Hemos de llegar al poder para corregir el rumbo.

 

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