Un país ni tan “chévere” ni tan de iguales

El pasado 29 de mayo miembros de la comunidad LGBTIQ+ en Venezuela salieron a protestar en las calles de Caracas contra la discriminación, y con el fin de reclamar sus derechos que día a día son denegados, puestos en segundo plano y violentados en un país que dice aspirar al retorno de la democracia, pero cuyos ciudadanos –algunos- no desean tolerar el derecho de cada individuo de hacer su propia vida de la manera más plena y libre posible.

Somos un país con ínfulas de creernos y sentirnos chéveres, propios y unidos; pero ni somos tan unidos ni tan chéveres ni tan demócratas como quisiéramos. Es entendible esto en un país que lleva ya décadas en el camino de la decadencia, el odio y la corrupción. Pues mientras algunos apuntan a que la “agenda progre” tiene el objetivo de destruir nuestras tradiciones y las “buenas costumbres”, disfrazada en el marketing de ciertas compañías que cambian de envolturas, pero que no asoman –de  momento- iniciativas de políticas inclusivas, ignoran –consciente o inconscientemente- que Venezuela es el tercer país de Hispanoamérica con la mayor tasa de asesinatos a miembros de la comunidad trans (por ejemplo).

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Decadencia, decadencia, decadencia (y nuestra tonta ironía): 

Pero obvio, la decadencia viene –según ellos-, cuando un grupo de individuos se reúnen a proclamar y exigir sus derechos de forma legítima y pacífica. La decadencia viene cuando una comunidad golpeada, que carecen de protección legal, del derecho a formar una familia, de poseer derechos conyugales; que están a merced de los  discursos que fomentan el odio; que son víctimas de discriminación social, política e institucional; que son echados de sus casas por su orientación sexual, reclaman ser tratados como iguales y con justicia.

La decadencia viene, sin duda, no por parte de aquellos que ejecutan extrajudicialmente en La Vega a los jóvenes de las barriadas, o de aquellos que hacen falsos positivos con los ciudadanos apureños (en medio de una guerra silenciada, por cierto). No, no viene de aquellos que saquean el Orinoco, o que hacen una red de trata de personas hacia Trinidad y Tobago desde el oriente del país. Para nada viene de una decadencia política –con poder o no- que poco o nada le importan los ciudadanos de un país cercano a la muerte, pero que sí se jactan de conseguir curules para sus partidos. Es verdad… no viene la decadencia por parte de aquellos miembros del Estado que violan los derechos humanos –tal como señalan los informes de la ONU-, o de aquellos que se niegan al ingreso de las vacunas contra la COVID-19 en un país irremediablemente pobre. No, nuestra decadencia viene de los “maricones” –así como dicen los que según extrañan la democracia, pero no toleran la diversidad-, de las empresas que se tiñen de “igualitarias”, de una bandera con las franjas de un arcoíris; vienen de los que hablan y ya no callan.

Porque obvio, así como señalan estos grupos LGTBfóbico (porque el término “conservador” les queda muy grande para adjudicárselos), son cosas de la “izquierda” eso de los derechos humanos; aunque irónicamente esa (extrema) izquierda nacional sea la mayor violadora de todos nuestros derechos, y sean, precisamente, estos los que usen los medios estatales para arrojar y atacar con expresiones peyorativas a sus detractores, señalándolos con una supuesta orientación que –pensarán ellos- haría menos válido a sus opositores, y que promueve, finalmente, discursos homofóbicos en Venezuela.

“¿Discriminación? ¿Dónde? Eso ya no existe”

Entonces, ¿de dónde viene la decadencia? Para serles franco: nuestra decadencia viene, entre otras cosas, de nuestra forma de pensar (una que no es diversa, pero sí autoritaria), pues mientras en Alemania sacerdotes de la misma iglesia católica casan a parejas homoparentales, aquí en nuestra Venezuela aún ni siquiera es legal el matrimonio igualitario por vía civil.

Viene por parte de los actores políticos –que aunque sentimos que ya no nos representan, reflejan mucho de nosotros-; vienen de parte de los actores sociales -los ciudadanos y asociaciones civiles- cuando por nuestras creencias religiosas (respetables y válidas) nos sentimos con la facultad de limitar la vida y el derecho de otros individuos.

Viene de aquellos que añoran la democracia, esa que perdimos, pero olvidan que democracia no solo es votar, sino también respetar el derecho de las minorías, y garantizar la igualdad jurídica y tangible de todos los ciudadanos.

La decadencia surge cuando minimizamos los problemas de otros individuos porque nos son ajenos (o eso creemos), argumentando que ya eso de la homofobia no existe, mientras al mismo tiempo los denigramos e invisibilizados; la decadencia nace cuando les decimos “deberían estar agradecidos de no haber nacido en Medio Oriente, porque allá los matarían”, e ignoran que en Venezuela al menos 72 y 67 miembros de dicha comunidad han sido asesinados y torturados, respectivamente, tan solo por su orientación, tal como narran los informes dados por la ONG Red LGBTI de Venezuela, delitos que hasta el día de hoy, al menos el 90 % de ellos, siguen con total impunidad.

“Pero, ¿y por qué no protestan en Miraflores o por las vacunas?”

La lucha por los derechos humanos no es excluyente entre sí misma. Que un grupo de personas salga a reclamar sus derechos que históricamente han sido denegados, no hace que la lucha por la democracia y las vacunas pierdan valor o fuerza; todo lo contrario, fortalecen a la democracia y sus ideales.

Porque, además, la lucha por los derechos humanos no se tiñe en bandos políticos –de izquierda a derecha- o religiosos, sino que son de todos y cada uno de nosotros. Porque todos luchamos por lo que nos duele y que la ley proteja a los miembros de la comunidad LGBTIQ+ no hará que el resto de los ciudadanos pierdan sus derechos.

Los miembros de la comunidad también protestan por el retorno de la democracia y por el ingreso de las vacunas al país; no es como que vivan en una Venezuela paralela y que los males de esta nación no les afecten. Hay que entender que nuestros derechos acaban donde empiezan los del otro… sin importar cuánto difieran de nuestras creencias morales o religiosas.

Nuestra opinión si siempre debe ser escuchada, jamás deberá ser justificación para negarle a los demás sus derechos, que históricamente les han sido ignorados. Y si fuese así, si tuviéramos que regirnos por morales religiosas y dogmáticas, el medievo jamás se hubiese ido y nosotros ni voz tendríamos.

Las sociedades están destinadas a avanzar y progresar. Una vez más, el cambio depende de todos… de los que luchan, de los que miran, de los que oyen, de los que callan, de los que acusan. De usted depende si será aquel que niegue los derechos humanos a sus compatriotas –como hacen nuestros gobernantes- o si al menos buscará entender este deseo de un mundo mejor y más democrático: un país que sí sea chévere y en que sí seamos iguales.

Por: Leonardo J. Aristigueta

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