País a la deriva: rehenes sin tiempo

Imagina por un segundo que padeces en una cama de un hospital abandonado sin insumos y colapsado, bañado en fiebre y con la respiración cortada (como el ahogo metálico de un asmático), conectado a una bombona que te ayudará a sobrevivir –en el mejor de los casos- y a prolongar tu muerte lenta, agónica y solitaria –en el peor de todos-. Sin poder ver a tus seres queridos ni a nadie en realidad, pues eres una amenaza contagiosa: tienes COVID-19.

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COVID-19

Imagina por un segundo que no eres tú, sino tu padre o tu madre, tu abuela, tu hija con la COVID-19. Que la única persona que amas se encuentra en aquella habitación más parecida a un lugar fúnebre que a un lugar de rehabilitación, donde solo el silencio de tus pensamientos llega y el llanto se enmudece, en medio de esa arrítmica respiración que hiede a muerte. Imagina esas horas de angustias, de desconcierto, de ansiedad, de cansancio, de no poder dormir, de sentir aquel frío en la sangre y en los huesos que te dicen “este podría ser el fin”.

Imagina además que quizá ni siquiera fue tu culpa o la de ellos, te cuidaste, se cuidaron, pero el virus sigue allí, disminuido en sus posibilidades de contagio, pero no asesinado; que a veces –por más que uno quisiera- no es posible tener un teletrabajo o pedir deliveries para no salir a comprar el mercado; que además la vacuna tarda en llegar y tarda en ponerse, en hacer efecto, en siquiera estar disponible para la ciudadanía ante un Estado usurpado e inexistente (de alguna manera) que los prefiere muertos, en la orfandad absoluta. No es difícil ver todo aquello cuando lo vivimos, ¿cierto?

Ya es común ver día a día anuncios de emergencias y auxilios por un familiar, amigo y/o conocido que se encuentra en disputa contra la muerte al padecer de COVID-19 y sus nuevas mutaciones. Un virus que no es un secreto para nadie que es capaz arrastrarnos a una cama médica, de algún triste hospital abandonado sin insumos y colapsado, para conectarnos (si conseguimos el dinero, claro) a una bombona de oxígeno que nos permita seguir amarrados a la vida, aunque sea por un poco más de tiempo.

“No necesitamos limosna”

Ante esta terrible enfermedad, como ya conocemos, se han venido dando una serie de vacunas que serían capaces de impedir la expansión del virus tanto en el mundo como en nuestro país. Pfizer-BioTech, AstraZeneca, Moderna son algunas de estas, ya aprobadas hasta su fase 3 y final por Organización Mundial de la Salud (OMS). Otras como la Sputnik V, Sinopharm, Soberana 02 y Abdala, por desgracia no… no han sido aprobadas, pero sí probadas en nosotros, en la población, en el ciudadano promedio, como lo desean aquellos que detentan el Gobierno. Somos sus sujetos de prueba.

Y somos sus sujetos de prueba en el mejor de los casos; pues mientras los zares rojos se vacunan, nosotros seguimos desprotegidos ante la enfermedad. Cuando la gran mayoría del país ni siquiera la han vacunado. Cuando aquellos que se han pronunciado como líderes “obreros y del pueblo”, al pueblo lo han dejado. Cuando aquellos que toman los poderes del Estado y lo centralizan en la figura del Presidente y sus allegados se visten de zares privilegiados, ya vacunados contra una, enfermad que solo a nosotros logrará matarnos.

Bastaría oír las palabras de la susodicha (o entredicha) Vicepresidenta de este Estado fallido con apellido “Bolivariano” de que “no necesitamos limosna”, refiriéndose a las vacunas asignadas a Venezuela por el mecanismo de El Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 (COVAX, por sus siglas en inglés), que traerían al país al menos 12 millones de vacunas; vacunas vetadas por estos “funcionarios” debido a que -en sus palabras- “tomando en cuenta los informes técnicos (…), [se decidió] no aprobar y no otorgar licencia de uso de esta vacuna [de AstraZeneca] en el territorio venezolano”.

A esto añadiendo el líder del PSUV que “Venezuela ha autorizado un conjunto de vacunas que son las que van a entrar (…). No va a entrar ninguna vacuna al país, ni debe ser enviada, que no haya sido autorizada por nuestros institutos científicos nacionales, por los institutos farmacológicos, por las autoridades sanitarias”. Y claro, es fácil vetar vacunas cuando uno ya está a salvo, o se está ganando dinero con la compra de “vacunas” no aprobadas con precios sobre inflados. El guiso que siempre se han ganado.

El asesinato es su política de Estado

Mientras que los líderes “revolucionarios” se enfocan en su política de persecución a los disidentes en “investigaciones de fondo” contra sus críticos, exdiputados y algunos miembros de la olvidada oposición política de partidos, los venezolanos, los residentes de este país, el ciudadano de a pie sigue muriendo sin acceso de algún tipo o garantía a la salud pública o médica. Delatando una vez más que sus políticas de Estado son: muerte, manipulación y control. Algo que no nos sorprende, pero qué impotencia y rabia dan.

Porque así el país sigue a la deriva, con unos ciudadanos que más que ciudadanos son rehenes de los intereses políticos de sus aprehensores; fichas de una crisis humanitaria para levantar sanciones, y señalar enemigos externos e internos que les quiten a sus opresores culpabilidad alguna de sus manos; personas que, por demás, el tiempo se les va en una cama de algún hospital abandonado en la más mísera de las muertes posibles.

Somos el país de los olvidados y de los zares danzantes, vacunados y adinerados; pero no olvide, Señor Zar, que el último de los zares (con su mismo nombre además) no acabó muy bien, en realidad. Dejen la vacuna entrar, porque su interés no es el control social sino el bienestar de su pueblo amado y revolucionario, ¿verdad?.

Por: Leonardo Aristigueta

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