Hotel Ávila: Esplendor y manicomio

El Hotel Ávila fue testigo no solo del crecimiento y expansión del caracas, sino también, de un acontecer político que detentó Venezuela y que en los días actuales, forma parte de la historia nacional.

Todo caraqueño sabe que ir a San Bernardino implica entrar en una especie de espiral urbana donde fácilmente puedes aparecer en la misma calle por la que ibas hace minutos sin darte cuenta. Esto debemos agradecérselo a Maurice Rotival, arquitecto y urbanista francés, de poderosa influencia en la modernización de Caracas tras el boom petrolero de 1920. El galo rompió con la estructura cuadriculada de la Caracas Colonial, introduciendo diagonales, rotondas y avenidas curvas. En una ampliación hacia el este de nuestra urbe que empezó a “concretizar” las antiguas haciendas cafetaleras que ya eran extensos segmentos de tierra que estorbaban la modernización de la ciudad.

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Los Vollmer, sí los mismos de “saca el pecho” (salud), hombres de mundo, privilegiados en el conocimiento de lo que sucedía en las grandes urbes y dueños de la Hacienda San Bernardino, entendían que esta propiedad ya era un obstáculo en el crecimiento de Caracas. Por ello decidieron urbanizarla y le encargaron el proyecto a Rotival, a quien también se le impuso la tarea de conseguir una ubicación para un hotel de lujo. Esta última petición se la hizo el portador de pesadísimo apellido: Nelson Rockefeller, quien -según dice la leyenda- una vez le preguntó al entonces presidente Eleazar López Contreras sobre qué le hacía falta a la ciudad y este le respondió: “un. hotel”.

Rockefeller junto a los Vollmer y los Boulton conforman un conglomerado constructor con un capital de 3 millones de dólares y ejecutan, entre otras obras, la construcción del Hotel Ávila, en el emplazamiento elegido por Rotival, quien -según también cuenta la leyenda- había elegido dicha zona pensando levantar no un hotel, sino más bien un nuevo palacio presidencial.

Imagen GuiaCcs.com

El magnate estadounidense encarga nada más y nada menos que al arquitecto Wallace Harrison el diseño de la obra. Este proyectista es famoso entre otras razones por haber construido el icónico Rockefeller Center de Nueva York, cuyo árbol de navidad y pista de hielo en época decembrina son emblemas de la cultura norteamericana. Si vieron el film “Mi pobre Angelito” (y tantos otros, como “Serendipity”) saben a qué me refiero.

La obra se inaugura el 11 de agosto de 1942, convirtiéndose en la principal infraestructura hotelera del país, superando al extinto Hotel Majestic que se encontraba frente al teatro Municipal, derrumbado luego para construir las torres de El Silencio. El Hotel Ávila tenía todo lo que tenía que tener en ese momento un hotel de lujo, y en algún momento el deseo de Rotival de convertirse en palacio presidencial se cumplió… a medias.

A finales de 1945 Venezuela se preparaba para una elección presidencial, fundamental para el futuro del país pues por primera vez un civil podría encargarse de la magistratura luego de una vida republicana dominada por caudillos militares. Ese civil era el diplomático y periodista Diógenes Escalante, de dilatada trayectoria en el exterior que incluía el cargo de embajador de Venezuela en Estados Unidos y amigo personal de Harry Truman para el momento previo de su elección como presidenciable.

Escalante era considerado un hombre de visión progresista y se suponía que podía iniciar la modernización del país que hasta entonces no había entrado de lleno al siglo XX gracias al arcaico gobierno ejercido por Juan Vicente Gómez, quien, por cierto, tenía en bastante buena estima a Escalante. Diógenes contaba con la aprobación tanto del PDV, el partido del general y entonces presidente Isaías Medina Angarita, como de esa fuerza pujante y naciente (que hoy está muy de moda en las noticias) llamada Acción Democrática. ¿Qué tanta libertad de acción iba a tener este civil?, una respuesta que el país jamás obtendría por una oscura jugada del destino. Las venas de Escalante escondían hacía tiempo un silencioso secreto que cambiaría el rumbo de la historia política de todo un país.

ARCHIVO FOTOGRAFÍA URBANA/LUIS FELIPE TORO

Para julio de 1945, Escalante estaba en Venezuela alojado en el Hotel Ávila y trabajando en su campaña. Según quien fuera su secretario privado, Hugo Orozco, el candidato venía mostrando ciertas actitudes erráticas que se habían logrado disimular hasta que el 3 de septiembre la situación se salió de control… Diógenes es llamado a una reunión de urgencia con el Presidente Angarita y éste no responde al llamado. Angarita, Presidente al fin, comienza a molestarse por el desaire y llama al hotel para hablar con Escalante (se intuye que más que para preguntar sobre qué le había pasado, para ponerlo en su sitio). “¿Se cree este acaso que es ya el Presidente?”, debe haber pensado mientras del otro lado de la línea le atendía un muy joven periodista y futuro Presidente de Venezuela, Ramón J. Velásquez, quien por entonces hacía también la labor de secretario ad honorem del candidato. “El doctor Escalante me dice que no puede asistir, general, porque le robaron todas sus camisas”, le soltó Velásquez a Angarita. Pero Escalante estaba impecablemente vestido y además sus otras camisas estaban perfectamente guindadas en el armario de su lujosa habitación.

Orozco no estaba cerca en ese momento de Escalante, quizás de haber atendido la llamada hubiese conseguido una excusa que sólo prolongaría unas horas o quizás días el diagnóstico final, de locura valga acotar, del destacado diplomático. Locura que echaría por tierra esta importante oportunidad de estabilización política en Venezuela. El Hotel Ávila, manicomio por unos días, fue testigo de un candidato que casi pudo, pero no logró ser Presidente de Venezuela, y de un Presidente que lo fue sin ser candidato.

Una junta de notables médicos de entonces dio el diagnóstico definitivo: un loco no puede ser Presidente de Venezuela (¿o sí?) y el 11 de septiembre de 1945 un avión, enviado por el mismo Harry Truman -quien sí llegó a ser Presidente de los Estados Unidos- se llevaba para siempre a su amigo, quien desde entonces y hasta 1964 vivió el mundo distorsionado que su afectado cerebro le construyó sin poder jamás recuperar la cordura. Antes de ese insólito 3 de septiembre Escalante venía sufriendo los primeros indicios de demencia vascular, provocada por arteroesclerosis o endurecimiento de las arterias. Es posible que el estrés de la presidencia haya acelerado un desenlace que era inevitable, aunque capaz si hubiese asumido el cargo nadie se hubiese dado cuenta.

Caracas fue creciendo y el Hotel Ávila cediendo su rol de vanguardia en el hospedaje citadino. Pero aún hoy conserva algo de ese antiguo esplendor que vale la pena admirar. Su lobby, adornado con una versión enorme del primer plano de la ciudad, emana ese aire de leyenda que nos rebota en el rostro diciéndonos “en el Ávila fue la cosa”. Fue allí donde cambió indefectiblemente la historia del país. Sólo basta decir que el 18 de octubre de 1945 se dio la “Revolución de Octubre” y con ella el golpe a Medina Angarita.

Por El Candelazo

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