El Síndrome de Ulises y el Exilio Venezolano

¿Qué siente una persona que está lejos de su hogar y mira al horizonte sabiendo que tal vez jamás podrá regresar? ¿Qué vive alguien que ha dejado todo atrás: su familia, sus amigos, sus lugares… su vida? ¿Qué es vivir la perdida de la identidad como individuo al borrar todo lo que fuiste, todo que querías, todo lo que soñaste y te enfrentas a un Mundo nuevo, ajeno y desconocido? ¿Qué si además esto no fue provocado por la voluntad de uno, sino obligado por circunstancias externas como una guerra, crisis económica, persecución, algo que atenta contra ti y tu existir? –esto se  preguntó Ulises, en su Odisea, tratando de recordar qué de él había sido; esto nos lo preguntamos nosotros que dejamos nuestro hogar si saber si alguna vez volveremos de donde fuimos y partimos.

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Esto, pues, se le conoce como el Síndrome de Ulises –o el síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple-, un término acuñado por el Dr. Joseba Achotegui que hace referencia a lo vivido por Ulises en la Odisea de Homero y que describe la sensación de muchos migrantes que han dejado sus hogares y vidas con la esperanza de tener una mejor realidad que la que han dejado a atrás, pero sin la certeza de si lo lograrán y si alguna vez regresarán al mundo que dejaron. Son migrantes que viven separaciones forzadas de sus familiares y amigos; viven con el miedo de que tal vez puedan perder la vida en el camino; viven sin saber si podrán comer, si podrán dormir, si podrán vivir en su nuevo destino; viven, definitivamente, en una pérdida de su identidad humana entre la persona que alguna vez fueron y la que ahora deben ser. Y es que… ¿quiénes somos cuando todo lo que fuimos, todo lo que queríamos, todo en lo que creímos se esfuma… y nos deja a nuestra a deriva en un Mundo que no conocemos pero que ahora vivimos?

Los migrantes que padecen del Síndrome de Ulises, en esencia, se diferencian de los migrantes que se van netamente en busca de una mejor calidad de vida, bien sea por una mejor oferta laboral o por razones académicas; no, los migrantes que padecen este síndrome son personas que se han visto en la necesidad de abandonar sus tierras y que deben enfrentarse a circunstancias extremas que pueden sobrepasar la capacidad de adaptación de cualquier ser humano, “similares” al sentir de una pérdida o duelo familiar, denominado un duelo migratorio, con la diferencia que el duelo familiar es temporal y el duelo migratorio no parece tener un fin, y que puede generarles una terrible ansiedad y tristeza, pues deben enfrentarse a esta nueva realidad que les aprieta a la par que añoran un lugar que siempre estará pero al que difícilmente podrán regresar.

Son personas que sufren en sus propias odiseas -al igual que Ulises- que la mayoría de las veces han emigrado para sustentar a sus familiares que viven aún en su país natal, como a sus propios hijos, sus padres, sus abuelos, sus tíos. Así, son individuos que no padecen un trastorno mental, sino cuadros severos de estrés. De hecho, no suelen ser personas que sufran de depresión o que vivan en la idea del suicidio, sino que buscan y luchan por vivir cada día de sus nuevas vidas con la esperanza de que podrán lograrlo; pero soportando un estrés tan intenso que les acarrea consecuencias hormonales, musculares, insomnio, migrañas, ansiedad, tristeza y un mar de síntomas más. Añadido a esto, viven en un eterno padecimiento de añorar su hogar, porque a diferencia de un típico duelo familiar, su tierra, la que dejaron, sigue allí de alguna manera y por ende la esperanza de que pondrán volver a verla algún día.

Nuestro eterno exilio

Ya somos más de cinco millones de venezolanos que hemos tenido que abandonar nuestro hogar y nuestras vidas. Familias que tuvimos que vivir la separación forzada –y a veces no tan temporal- de nuestros padres, hermanos, primos, amigos… Ya somos cinco millones que vivimos entre la dualidad de la eterna esperanza del poder seguir con nuestras vidas en lo que seguro será nuestro nuevo hogar y la tristeza y el añoro de lo que dejamos a atrás.

Como millones de migrantes en el Mundo, es lo que nos tocó vivir, y, naturalmente, nos tocará adaptarnos –de alguna manera- a esta nueva realidad que ya desde hace unos años nos arropa. Pero no por ello, hemos de dejar de prestarle atención o reducir la importancia de los efectos psicológicos que pueden conllevar la emigración masiva y forzada de una población… y el cómo marcará esto en nuestra historia colectiva como Nación e individual de cada uno de nosotros y nuestros descendientes, para bien o mal.

Para algunos de nosotros, con algo de suerte, podremos volver a nuestro país, en un posible futuro tan incierto donde lo cercano hace mucho se volvió lejano… y lo lejano un milagro. Pero con esa suerte podremos poner al servicio lo que sea que en nuestra diáspora aprendamos.

Sin embargo hay un detalle –quizá muy grande e importante- y puede ser tan esperanzador como desilusionante:

Ulises, al final de su larga odisea, regresa a casa. Su destino no era fenecer lejos de su hogar. Regresa con su esposa e hijo y toma el trono del Reino de Ítaca que ha de gobernar. Pero… ¿qué si nosotros no somos Ulises? ¿Qué si más bien somos alguna especie de Moisés –sin lo profeta, sin su poder- que ha de caminar y caminar y caminar buscando su promesa? ¿Es posible que aquello que llamamos hogar ya no exista? ¿Serán ya sólo recuerdos, sólo añoro y en nuestra diáspora debamos hacernos un nuevo hogar?

Si somos Ulises, volveremos los que podamos y queramos, más aprendidos, más fuertes, con más experiencia y un nuevo mundo conocido que podremos cultivar y poner al servicio de nuestra nación. Si somos Moisés, pueblo sin Tierra, Nación sin hogar, hemos de caminar y caminar en nuestras vidas sabiendo que el país que dejamos jamás volverá.

¿Quiénes somos? Ya el tiempo lo dirá. Tal vez seamos ambos, pero mientras… el exilio se hace largo y, como Ulises tratando de recordar quién era, estamos nosotros tratando de entender quiénes somos ante esta nueva vida que no escogimos del todo, pero que ahora debemos afrontar.

Por: Leonardo J. Aristigueta

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