El miedo de la víctima en denunciar la violencia de género

Cuando salen a la luz casos de violencia de género extrema como el femicidio, el abuso sexual o la violencia física, resulta forzoso preguntarse «¿por qué no paró los golpes?, ¿Por qué no busco ayuda? y la más juzgada en redes sociales ¿Por qué no denunció a tiempo?»

Violencia doméstica

Parecen ser interrogantes fáciles cuando son cuestionadas de forma objetiva, sin analizar el trasfondo de los hechos. Cuando son realizadas por personas que se hallan bien en su psiquis, que no poseen excesivos problemas y se sienten queridos por los suyos. Sin embargo, estas peguntas son de las más duras de contestar para una mujer víctima de violencia de género, que ha sido maltratada, dominada e intimidada, cuya autoestima está en el subsuelo. 

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En la mayoría de los casos, la respuesta siempre es la misma: Miedo. 

Y no es solo pánico al agresor, es temor incluso a los demás, al qué dirán, a perder a sus hijos, amistades,  a no saber cómo sobrevivir cuando se acabe la relación, es el miedo en su más pura esencia.  Sobre esta precariedad psicológica de la víctima, presente en la gran mayoría de los casos, se suma infaliblemente la percepción de la soledad.

En virtud de lo anterior, el miedo ha sido un efecto elemental en la cimentación de la identidad de muchas mujeres. Este tipo de emociones dificultan superar los traumas que surgen ante situaciones de acoso y violación, pues la sociedad condena a las mujeres a refugiarse en el silencio, porque hablar supone “culpa” o  lo que es peor revictimización. 

En otras palabras, este miedo que muchas mujeres sienten hacia algunos hombres no siempre se debe a experiencias traumáticas, sino que obedece a una construcción social en la que ingenuamente, se teme a ciertos tipos de “hombría”. 

A las mujeres se nos educa para que asumamos un rol de obediencia frente al mandato masculino, que nos es más que un orden estrictamente social interiorizado en las personas, pues desde la infancia se nos implantan conceptos equívocos. “los hombres no lloran,  si lloran son niñas” “el hombre provee,  la mujer cocina”, entre otras falacias que actualmente han sido desechadas, pero que aún repercuten en nuestra sociedad. Por ello, sus principales víctimas suelen ser las mujeres, aunque el machismo también afecte a los hombres.

Es importante resaltar que, gran parte de los agresores son conscientes del dominio que ejercen sobre sus víctimas, en su mayoría son personas que gozan de un poder afectivo o de subordinación sobre las mismas (parejas, jefes, familiares, ídolos). Y es por ello, que se sienten convencidos de que nunca serán desenmascarados, pues ese “poderío” fomentado erróneamente les otorga respaldo social y legal. Debido a estas prácticas las víctimas terminan sintiendo vergüenza al reconocer todo lo que han tolerado por la estigmatización que eso supone. Hasta cierto punto, cuando se denuncia, la persona se ve obligada a explicar el porqué ha aguantado tanto, conduciendo de manera desafortunada a la culpabilización de la víctima.

Además del miedo perenne sufrido por la víctima, prevalecen problemas superiores como la impunidad y la injusticia. Imagínese una mujer que valientemente decide denunciar, superando el temor y la culpa, pero los órganos encargados de tramitar su denuncia mediante un proceso legal no entienden su lucha, o peor aún la juzgan de tal forma que la revictimizan. Sin duda, se forja un retroceso para la solución del daño ocasionado, y por sobre todo detona en la víctima una frustración mayor al temor de denunciar. No solo es el miedo al agresor, sino a que su historia no sea creída. Es así como consternadamente viven las víctimas de violencia de género en el país, sin un mínimo de empatía por parte de la justicia y muchos menos de la sociedad. 

No obstante, a las personas que hace un mes denunciaron anónimamente bajo la premisa del #metoo  #niunamenos, les extiendo genuinamente una vez más  la invitación de enfrentar sus miedos para denunciar formalmente, por ante los organismos competentes,  aunque cueste creer en la justicia de nuestro país, no hay que rendirse, no se pueden quedar callad@s, deben dejar un soporte legal de su verdad.

No denunciar, ocasiona suspicacias sobre la veracidad de los testimonios y del correspondiente acervo probatorio en el ámbito legal, pero aún peor, ello enviaría un mensaje negativo a las víctimas de violencia,  seguirán permaneciendo calladas, o en la sombra del anonimato con el miedo, la vergüenza y la culpa atormentándolas eternamente.

Como sociedad no solo debemos de apoyar a las víctimas sean mujeres u hombres, urge sin duda concienciar a la colectividad sobre las violaciones de los derechos de las personas y más propiamente las violaciones por el género, aunque resulte difícil, pues los abusos suceden a diario.

Se sugiere instaurar un  proceso pedagógico y cultural en las políticas del país, para que se identifiquen las agresiones que este tipo de conductas representan y la sociedad se percate, además, que el machismo también afecta a los hombres. Sensibilizar la infraestructura judicial, en pro a la protección de la mujer, es un elemento realmente imprescindible para eliminar la violencia de género.

Por: Mariana Linares

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