Día 2: de la sala de emergencias a la cuarentena

Sabíamos que la cuarentena sería la medida que entraría pronto. En mi trabajo se tomaron las previsiones necesarias desde el viernes 13 de marzo, dos días antes del decreto oficial. Horas más temprano de ese mismo día, el representante mayor del régimen venezolano, Nicolás Maduro, había anunciado la llegada de la pandemia al país. Dos casos fue la cifra mencionada aquella mañana, pero todos en nuestras cabezas estábamos seguros de que debíamos multiplicar esa cifra unas cuantas veces. 

Concentrarme en el coronavirus no era tarea fácil con un familiar en la emergencia del Hospital Dr. Domingo Luciani de El Llanito. Todo giraba en torno a que no solo corría riesgo por el cáncer terminal que lo acongoja, sino de una fibrosis pulmonar provocada por el COVID-19. A pesar de ello, continué con mis labores en el trabajo y al salir me dirigí al hospital.

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¿Qué pensaba en el Hospital Domingo Luciani?

Al llegar solo se me cruzó una idea por la mente: todos los que estábamos allí corríamos el riesgo de contagiarnos de la enfermedad. Luego propagarla por toda la ciudad sin saber y por supuesto, sin querer.

Hospital Domingo Luciani

Así transcurrieron los tres días posteriores; asistiendo a un hospital sin las mínimas condiciones de salubridad, sin médicos, enfermeras, insumos y sobre todo, sin medicinas. Lo irónico del caso es que el domingo 15 lo catalogaron centinela, para ocuparse los casos de COVID-19.

Era inevitable pensar que si llegaba un caso de coronavirus al centro hospitalario, primero iba a tener que discutir con el portero prepotente de la entrada, justificando su caso de emergencia y dejándolo pasar, con suerte con un acompañante (que también estaría contaminado para ese momento). Luego sentarse en un banco de cemento con restos de sangre de algún herido de bala que minutos antes habían traslado a quirófano y que quizás se estaría debatiendo entre la vida y la muerte.

El tercer paso era esperar a que algún médico de guardia se le acercara a hacerle preguntas acerca de los síntomas que presentaba, que si había tenido contacto con alguien proveniente del exterior días atrás y que si tenía dificultades para respirar. Para este momento lo más probable es que se hayan contaminado unas 10 personas en un mismo espacio.

Con todos estos pensamientos llegó el lunes 16 de marzo, primer día oficial de cuarentena. Las calles de Caracas se encontraban tal cual que un primero de enero. Con la salvedad de olo que en esta oportunidad no era por voluntad propia, sino por una medida de seguridad. De igual forma transcurrió mi último día en el Hospital de El Llanito, una sala de emergencias casi vacía a horas de la mañana, personas que con la misma que entraban salían, con exigencias de tapabocas para permanecer en las instalaciones y con pacientes, en su mayoría de tercera edad, esperando turno para ser llevados a una habitación.

En menos de tres días el gel antibacterial, toallas húmedas, jabón líquido, guantes y tapabocas, se volvió arsenal indispensable para cualquier venezolano. No tocarse la cara, no abrazarse o saludarse con un beso en la mejilla, son parte de las medidas que se tuvieron que tomar por recomendación de las organizaciones oficiales.

Así llegué al segundo día de cuarentena; escribiendo por primera vez una crónica para un medio, trabajando desde casa, lavándome las manos cada 30 minutos. Eso sí, sin dejar de pensar en todas esas personas que se quedaron en el hospital, sintiendo el olor fétido a pesar de no estar y en lo que es posible que no se haya quedado allá: un virus que para algunas personas es letal y para otros es una gripe fatal.

Texto de Adreangelly Rausseo para #CrónicasEnCuarentena.

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