Arminio, el libertador de Germania: la unión es la esperanza

Durante años (11 a. C. – 16 d. C.) los pueblos germanos estuvieron bajo la conquista y el dominio del Imperio Romano, sometidos a su yugo y gobierno. Atrapados bajos sus armas y exigencias, aquellos pueblos bárbaros (tal como los romanos denominaban a todos los extranjeros) sufrieron de terribles hambrunas, debido a los continuos tributos que debían rendirle al Imperio; debían de presenciar y –peor aún- tolerar cómo los hijos de los nobles germanos eran secuestrados y apartados de sus tribus, para ser educados bajo los esquemas de la cultura de Roma y sembrarles odio en sus raíces germanas. Las opciones eran… o abrazar a Roma o la muerte.

Arminio: un personaje con un importante legado. Foto: Composición Todos Ahora

Por largo tiempo estos pueblos se vieron obligados a la opresión y el hostigamiento de sus invasores, no por otra razón más que por la división entre ellos mismos: ensimismados en sus diferencias tribales, en sus mutuos odios, en sus peleas interminables e internas. No fue difícil para los romanos dividir para vencer (divide et vinces), cuando ya lo primero estaba hecho. A razón de la verdad, también debemos decir que no todos los pueblos se sentían descontentos con la llegada del Imperio, sino que, por el contrario, algunos vieron en ello una oportunidad de enriquecerse y acabar con sus tribus enemigas; sin embargo la represión fue para todos los germanos sin distinción.

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Esto fue así por décadas, hasta el retorno a la patria, la Germania Inferior, del príncipe querusco, Arminio. Él, al igual que docenas de príncipes nobles, fue secuestrado por los romanos y criado por ellos. Creció entonces como un soldado romano y obtuvo la ciudadanía de estos, casi como si fuese un nativo de Roma; pero con la gran diferencia de que jamás podría ser un nativo de ellos. Ante los ojos de los romanos, Arminio no era tan distinto a un salvaje, a su pueblo bárbaro. Tras largas campañas militares, llegando a comandar tropas para las conquistas de Roma, al fin retorna a Germania, su hogar.

Poco o nada le quedaba Arminio de su tierra, ni mucho recuerdo ni mucho amor. Quizá acaso era una tierra fría y desolada. Alguna vez tuvo un padre, llamado Segimer, quien fuese el príncipe del pueblo querusco. ¿Su razón de estar allí? Al ser nativo de Germania conocía aquellas tierras extrañas para los romanos y la forma de luchar de los pueblos locales. Su misión era traer la conquista y la gloria para Roma.

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Lo cierto es que –para hacer la historia corta-, Arminio vivió entre dos mundos: aquel en que era un romano, respetado y afamado, y aquel otro donde aún era un bárbaro, un germano de pura sangre, el heredero legítimo de su pueblo. Después de varias jornadas de represión, muerte y esclavitud de su gente; después de las injusticias acometidas por él contra su pueblo y las cometidas por los romanos contra Arminio por ser siempre un nativo de los bárbaros… decidió que algo debía hacer para liderar y liberar al pueblo germano, dividido en varias tribus, donde debía unirlos como una sola para vencer al gran enemigo: El Imperio Romano.

Por demás, no fue una labor fácil, pero sí una causa justa. Muchos esfuerzos se hicieron para unir a aquellas tribus que se odiaban entre sí: los queruscos, los marsos, los catos, los sicambrios, los caucos, los brúcteros y los angrivarios. Fuerzas que sólo unidas serían capaces de igualar al poderoso ejército romano, bajo el mando de Publio Quintilio Varo.

Concordia res parvae crescunt

(“En armonía las pequeñas cosas crecen”; o “En la unión está la fuerza”)

Entonces… ¿qué pueden lograr los pueblos cuando se unen? ¿Quiénes somos cuando dejamos atrás nuestras diferencias para vencer a nuestros enemigos? “¿En la unión está la fuerza?”

Para un grupo de bárbaros, tribus unidas como fueron los queruscos, brúcteros y angrivarios, la respuesta fue clara: la victoria frente a tres legiones romanas en la Batalla del bosque de Teutoburgo, que les superaban los romanos en amplio número, pero que unidos como un único y poderoso ejército germano, les dio el inicio para la liberación de sus tierras. Esta de lejos fue la última batalla que tuvieron que librar por sus pueblos, Roma no se rendiría tan fácil, pero marcó el inicio de algo inigualable: que juntos, como tribus, podían unirse en pro de algo mayor y significante, la gloria y la libertad de Germania.

¿Podemos aprender nosotros de ellos?

No quiero caer en ombliguismos ni mucho menos quiero pretender caer en un anacronismo ni en alguna aberración histórica (pues este artículo carece a su vez de la rigurosidad académica necesaria para ser tomado siquiera en serio como fuente histórica), ¿pero cuán diferentes son aquellos pueblos germanos, separados por minucias diferencias, por odios, por tribus, de nosotros? ¿Cuánta diferencia hay en el sometimiento de su pueblo al nuestro? ¿Se distingue en algo –más allá de los contextos históricos- las divisiones tribales de ellos a las nuestras por colores, clasificaciones y opiniones? ¿Realmente son tan distintas nuestras causas y nuestros enemigos?

Germania consiguió su libertad, en la unión. Esa fue su esperanza y esa fue su fuerza. Dejar sus riñas por una causa común… pero ¿y nosotros? ¿Nosotros lo lograremos? ¿O seguiremos en nuestras reyertas, como tribus que se repudian, mientras nuestros “romanos” –rojos también-, organizados y armados, nos matan de hambre y esclavitud?

Al igual que para los “bárbaros” de entonces, las preguntas quizá nos surgen: ¿Debemos arrodillarnos ante Roma para conservar nuestra precaria paz, pero bajo sus abusos y atropellos? ¿O debemos luchar por nuestra libertad? ¿Esclavizarnos para siempre? ¿Morir en libertad? ¿O morir sin más?… La única respuesta es: en la unión todo se puede y en nuestra división nada se logrará. Pero nosotros no somos ni Arminio ni Germania, ¿verdad? No, pero con suerte, tal vez, seamos mucho más.

Por: Leonardo Aristigueta

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