miércoles, junio 19

EN BÚSQUEDA DE UN TROCHERO

Capítulo iV

Muchas personas cruzan los puentes a pie, pero pasan su equipaje por la trocha para evitar requisas de la GNB

Trochero

Ahora viene una requisa de los paracos, digan la verdad y no pasará nada malo, yo estoy con ustedes.

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Para los colombianos puede ser un negocio más, pero para los venezolanos es una tragedia hermano

trochero

Al menos en esta oportunidad para el equipo de Todos Ahora resultó fácil conseguir a un joven que se dedicara a esta actividad, lo ubicamos porque junto a otro que trabaja en la misma ruta, pasaban maletas a través de un camino natural al lado de la estructura del puente.
La conversación fue breve y en ningún momento negó a lo que se dedicaba:
  • Necesitamos pasar a Colombia.
  • Pues son 30.000 pesos.
  • Tenemos solo 20 000.
  • Dale pues, pero hay que verlos primero, ¡vamos por aquí!
La trocha está ubicada en los linderos del río Táchira, a menos de 500 metros del Puente Francisco de Paula Santander, en todo momento, tanto en el camino de tierra y rodeado de vegetación, como al alcanzar el río, se divisa el puente, su flujo de personas y por supuesto, se mantiene contacto visual con los funcionarios de seguridad.
Durante la caminata, nuestro jefe de prensa, le comentó al joven, que éramos periodistas, que estábamos interesados en documentar esta ruta y el por qué recurrían a ellas centenas de personas diariamente. Este se mostró receptivo y presto a colaborar, pero antes nos hizo una advertencia, del lado colombiano son otras las personas encargadas, más violentas, y a estas no se les debía grabar la cara. La advertencia preocupó a nuestro equipo, pero la oportunidad no se podía desaprovechar.
El recorrido lo iniciamos a las 2:00 p.m. y en ocho minutos ya estábamos al borde del río, el cruce sería a través de este, notando que el río era lo suficientemente alto como para desplazar adultos sin importar su contextura o altura.
El trochero nos comenta que el mayor flujo de personas se evidencia en las primeras horas del día, ya sea para aprovechar al máximo el tiempo de compras en Colombia; para recorrer la mayor distancia posible durante el día, si se trata de un migrante o porque en estas horas, el comercio informal está a sus anchas debido a que hay menor presencia de seguridad. Durante nuestro recorrido nadie más circuló.
Al llegar observamos unas seis maletas, todas de gran tamaño y dos mujeres que las resguardaban, no eran sus dueñas, era trabajadoras de esta red de tránsito ilegal. Nuestro trochero nos dice que esperemos, que ya vendrá de vuelta la improvisada embarcación que nos llevaría de un lado a otro. Al mismo tiempo, la veíamos   atravesar el agua, sujetada por dos jóvenes, uno corpulento y otro bastante flaco, ninguno de más de 1.75 metros de altura. Parecía que sí dominaban con sus brazos el destino de quienes cruzaban.
Cuando tuvimos cerca lo que ellos llamaban “bote” pudimos constatar que se trataba de algo bastante improvisado, inclusive con un tapón que impedía que el agua penetrara y se hundiera. Sí, nuestro pie, nos mantendría a flote, en un ejercicio de equilibrio durante el paso de un lado a otro.
Pero no fue tan fácil convencer a los que parecían los dueños de la nave para cruzar “secos”, pues los mismos le dijeron al trochero que no prestaban el servicio, que el mismo era solo para mujeres y niños, que los hombres debían cruzar el río a pie. En ese momento estaban trasladando solo equipaje y estaban retrasados. “Muchas personas cruzan los puentes a pie, pero pasan su equipaje por la trocha para evitar requisas de la GNB”, nos comentan las mujeres que resguardaban las maletas.
Convencer a los jóvenes que se mantenían en las aguas no fue difícil para nuestro “contratado”, casi como un favor de amigos, les pidió pasarnos y la condición fue no detener el envío de maletas y enviar como cargamento dos de las nuestras, además del jefe de prensa de la organización. Las maletas eran bastante grandes, ¿podrían los tres jóvenes y la embarcación sostener por lo menos 40 kilos en equipaje y 50 más del integrante de nuestro equipo?

La respuesta fue, ¡no! A la mitad del río, la nave se volteó, cayendo en el agua ambas maletas junto con el jefe de prensa de Todos Ahora. Ese mismo río Táchira, en la semana anterior a la fecha de nuestra visita había arrastrado y quitado la vida de al menos cinco personas según merodeadores de la zona y prensa regional. Era frecuente que la policía científica venezolana (CICPC) buscara cuerpos por los bordes del mismo. Por suerte, ese día el caudal no era fuerte, y la ayuda llegó rápido por parte de los trocheros quienes se responsabilizaban uno a otros por lo que había ocurrido.

Eran tres los que intentaron mantener a flote el bote improvisado y uno más el que esperaba al otro lado, ya en territorio colombiano, nuestro corresponsal se hundió junto a las maletas, dos salieron a toda prisa tras el equipaje que se iba con el río, y los otros dos decidieron ayudar a nuestro reportero. El que se encontraba en territorio colombiano le tiende una mano y este termina de subir completamente empapado.
Lo primero en lo que todos pensamos fue en su celular, el equipo de trabajo, pero también en los documentos de identidad como el pasaporte venezolano, que presenta fuertes dificultades para conseguirse en nuestro país. Las mismas que fueron desarrolladas también en este reportaje. Debíamos mantenernos alerta, ya estábamos en territorio colombiano y recordábamos las palabras de quien nos había inmiscuido ahí, “Los de aquel lado pueden ser violentos”.
Nuestro jefe de prensa, pudo detallar a simple vista, un arma de fuego en el short de quien le estiró la mano para salir del río, sin embargo este solo le preguntaría, “¿Por qué tenías el celular en un bolsillo?” “Porque el negocio era no mojarnos”, fue su respuesta. Seguíamos con el trochero al que le pagamos del lado venezolano, quien no dejaba de pedir disculpas al observar a su cliente mojado y preocupado por sus pertenencias. Sin embargo, el celular aún se mantenía encendido, “tuve suerte” pensaba el miembro de nuestro equipo reporteril.
Al caminar tan solo unos metros con nuestro compatriota, tratamos de hacer unas tomas, alentados por el trabajador de la frontera, quien se mostraba atento a que la historia se contara, “Para los colombianos puede ser un negocio más, pero para los venezolanos es una tragedia hermano”.
En medio de grabaciones nos recordó otra regla de los pasos ilegales: debemos mantenernos en movimiento siempre, no nos podemos detener. Cuando parecía que lo peor ya había ocurrido, y estábamos a escasos metros de salir de la vegetación y de completar la travesía que ya llevaba casi 30 minutos, nos hacen una última advertencia, “Ahora viene una requisa de los paracos, digan la verdad y no pasará nada malo, yo estoy con ustedes”.

Nuestros últimos pasos hasta salir de la zona rodeada de vegetación estuvieron acompañados de nervios, ¿cómo reaccionarían estos paracos ante unos trabajadores de la prensa, con todos sus equipos encima? Básicamente esa era la pregunta que nos rondaba en la cabeza. A quien le pagamos insistía en que todo estaría bien.

Igual que en el lado venezolano, la caminata es corta hasta salir de las adyacencias del río, y pudimos distinguir viviendas o locales comerciales, hechos con ladrillos, aún sin frisar, donde funciona una suerte de “campamento” para los grupos que controlan esta actividad ilícita de las trochas. Ahí también estaban los dos jóvenes, que hablaban entre sí, uno con una pistola en la mano, y el otro desarmado, o al menos eso parecía.
No hay ningún saludo con el trochero venezolano, solo se dirigen a nosotros y empieza una suerte de ingreso migratorio:
  • Si tienes divisas, euros, dólares, se quedan con nosotros.
  • Solo tenemos Bolívares.
  • ¿Cuántos?
  • Como 250 (Menos de 10 dólares al cambio paralelo de la fecha).
  • Pues eso lo veremos.
Y empieza así una revisión de nuestros bolsillos y  bolsos, donde guardabamos el micrófono de la organización y nuestros uniformes. Seguíamos preocupados por cómo reaccionaría al saber que éramos parte de un medio de comunicación. Y no tardó en descubrirlo, por nuestros carnets de prensa que fue una de las primeras cosas que sacó de uno de nuestros bolsillos:
  • Ah, ¿es que son periodistas? ¿Qué hacen cruzando por aquí?
  • Sí, no contamos con la tarjeta de movilidad fronteriza y tratamos de llegar a Cúcuta, esa es la razón.
  • ¿Para qué van para allá?
  • Haremos un trabajo sobre los venezolanos que viajan al resto del continente desde ahí.
  • Ahm… (Mientras revisaban nuestras pertenencias, guardó su arma en su cintura, además de solicitarnos explícitamente nuestros celulares y esconderlos en los bolsillos de su camisa).

Pero encontró algo más que le llamó la atención, uno de nosotros tenía consigo su carnet de estudiante de la Universidad Central de Venezuela y en un intento de amedrentamiento, la conversación siguió así:

  • ¿Esta no es la universidad de los policías? (Mientras sujetaba el carnet de estudiante).
  • No, claro que no, ahí dice Estudios Políticos.
  • Ahm, política… Pero yo creo que esta es la universidad de los P.T.J (antiguo nombre del C.IC.P.C. policía científica venezolana) ¿y saben qué le hacemos a los policías o a los guardias nacionales? ¡Pues los matamos! Y ustedes tienen cara de policía.

Tratando de no mostrarse asustado nuestro corresponsal, que había intervenido, insistió en su versión:

  • No somos policía, en mí caso yo soy estudiante y trabajo como periodista, no tenemos nada más que decirte.
  • Bueno bueno, les creemos, pero cuando cruza uno como tú se lo tengo que decir a los jefes, ya vengo…
Luego de darse media vuelta, el joven con acento colombiano, collar dorado al cuello, que parecía de oro y pistola en la cintura, dice:
  • ¿Saben qué? Cada quien con su trabajo, ustedes hacen eso, yo hago esto, y mientras no nos metamos con nadie, deberíamos poder seguir con lo nuestro, ¿no les parece?
  • Sí nos parece, (respondió nuestro corresponsal de manera timorata).

Y empieza a devolvernos nuestros documentos, incluidos carnets y pasaportes, todo menos los celulares.  Intenta despedirse, -o autorizar nuestro ingreso-, con un apretón de manos. En ese momento le preguntamos por nuestra más valiosa pertenencia en ese instante:

  • ¿Y los celulares?
  • Pues todo tiene un precio como ya dijimos, no le conté a mi jefe que eran de la prensa.
  • Pero los necesitamos, es nuestro equipo de trabajo -insistimos-.

Además, interviene el trochero que aún no había cumplido con su trabajo completo, solicitándole que nos devolviera los celulares o su nombre quedaría manchado al permitir que roben a sus clientes:

  • Sabes que no puedes hacer eso.

Pero el paraco aún no se convencía y nos pregunta:

  • ¿Se les mojó? Porque están hasta el cuello de agua.

Le respondimos que sí y bastó para que decidiera devolvérnoslos 

  • ¿Es todo? Preguntamos.
  • Pues sí, pero escúchenme, aquí no vieron nada, ¿no tienen fotos ni nada, verdad?
  • No tenemos nada.
  • Mejor así, como ya les dije, aquí a los policías y a los sapos, les hacemos lo malo, ¿entienden?
  • Entendemos.
  • Ya se pueden ir pues.
  • Tú termina de acompañarlo. -le indica al venezolano que nos traía desde nuestro territorio.-

Apenado con nosotros, el joven que nos había cobrado por pasarnos, nos dijo que eso no era rutinario, que primera vez que ocurría con él y que no entendía el motivo del amedrentamiento. Menos aún el intento de robo. Ya casi el camino llegaba a su fin.

  • Se querían aprovechar porque los vieron jóvenes y le temen a la prensa… Pero gracias a Dios no pasó a mayores, yo no los iba a dejar solos. ¿Ven ese camino de allá? Por ahí ya empalman con el puente y se encontrarán con su gente

Le estiramos la mano y a pesar de los riesgos, decidimos darles las gracias y nos pregunta:

  • ¿Sus celulares aún encienden? (Señalando a uno de nuestros corresponsales) ¿pudiste grabar algo? Este trabajo tiene que salir.

Nuestro reportero le respondió afirmativamente a ambas y le dimos nuestra palabra de que saldría. Sin saber que en solo unas horas el celular que tenía todo el registro se apagaría para no encender más.

  • Excelente, ya aquí no me pueden ver, traten de salir discretos, aunque con la ropa tan mojada es imposible, estamos a la orden.
Esas fueron sus últimas palabras con nosotros.

Mientras tanto, terminamos de avanzar y  logramos encontrarnos con un activista de derechos humanos que nos esperaba del lado de Colombia, que al cruzar por el puente, hace mucho tiempo que esperaba, los nervios lo consumían, nos confesó.

Es que sin dudas, fue un paso por trocha accidentado, y nada común. Y había que contarlo.

El contenido de esta investigación se consiguió gracias a este método para cruzar la frontera, que a pesar de los riesgos, nos permitió observar la crisis migratoria venezolana, de primera mano.

Capítulo V