Una sociedad indiferente y con falta de empatía

Existe en las sociedades una creciente tendencia y comportamiento colectivo que hace a sus individuos cada vez menos sensibles, más indiferentes y poco empáticos respecto a las situaciones ajenas, que pueden involucrar sufrimiento, dolor y carencias, incluso ante condiciones problemáticas del medio ambiente, ecosistemas, etc. Y lejos de sentir algún tipo de compasión respecto a las dificultades de otros, las personas se hayan cada vez menos comprometidas emocionalmente, pudiendo llegar a expresar desdén, indiferencia y crueldad. En la actualidad, particularmente estudios sociológicos y psicológicos, revelan una presencia importante de esta conducta y tratan de dar respuesta al por qué sucede esto.

En primer lugar, podríamos definir la indiferencia y la falta de empatía. Según la RAE, la primera es un “estado de ánimo en el que no se siente inclinación, ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado” otras referencias sugieren que es una posición sentimental y practica que hace a los individuos permanecer inmóviles ante situaciones, ideas, personas, etc. ya que estiman que esto no les atañe, o bien que no merece su importancia. Mientras que la falta de empatía, desde la perspectiva de la psicóloga Silvia Rodríguez, es la posición sentimental y física que hace a las personas incapaces de sentir compasión, afinidad o piedad por sus semejantes o situaciones del entorno.

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Ejemplos simples y del hacer diario de estas conductas se evidencian cuando al ver a un niño en situación de indigencia, se pasa de largo e ignora su presencia y no se piensa en ayudarlo; si alguien tira basura en la calle, no se dice nada porque al final no es tu calle; si hay un animal abandonado, no se hace nada y solo se dice “Dios juzgue a quien lo abandono”; si se ve a alguien infringiendo la ley, no se hace nada porque es mejor evitar problemas; si alguien maltrata a un niño o mujer en público, es mejor no opinar ni actuar, porque cada quien cría a sus hijos como quiere o quizá esa mujer lo merecía. Estas situaciones simples pueden complejizarse y podemos hacernos indiferentes ante asesinatos, situaciones de maltrato, carencias físicas, crisis sociales o humanitarias que comprometan no solo a individuos sino a comunidades enteras.

Pero qué razones de fondo existen ante esta conducta, por qué sucede y cómo se explica. Desde la psicología se admite que hay elementos en el individuo que promueven este comportamiento de indiferencia, determinado por factores de la crianza y las relaciones interpersonales. Sin embargo, estos se toman como casos aislados; y un peligro mayor o más crítico se tiene cuando la falta de empatía o indiferencia se transforma en un comportamiento social y colectivo, ligado a razones culturales, apócales, etc.

Y la sociología advierte que en la actualidad hay una tendencia en aumento de estas últimas, la razón más común para explicarla considera que la gran cantidad de situaciones dramáticas, dolorosas, catastróficas, de riesgo, de las que nos enteramos a diario a través de medios, redes sociales e incluso por cercanía física a estas situaciones, hace cada vez más difícil que se asuma empatía respecto a estas. Y aunque es común que sea difícil procesar mental y sentimentalmente situaciones vulnerables a fuerza de verlas tan repetidas veces, pierden su poder de impacto y de remover nuestra conciencia para mostrar solidaridad; pasando a normalizarse o al menos a simplificarse, a fin de no involucrarnos de ninguna manera. Y aunque no todos somos iguales, si existe un cansancio emocional colectivo y sus consecuencias son peligrosas y muy negativas.  

¿Qué pasa en una sociedad como la venezolana?

En Venezuela particularmente existen las condiciones para que se genere este comportamiento,  una sociedad como la nuestra, dadas las condiciones actuales de graves dificultades económicas y sociales, determinada por la situación de emergencia humanitaria compleja que se vive desde el 2015 aproximadamente, subsiste dentro de en un rutina muy convulsiva y volátil, donde a diario conocemos de situaciones de violación a los DDHH de nuestros nacionales y migrantes, de pérdidas humanas, carencias, necesidades y un sinfín de situaciones vulnerables. Que han producido un desgaste físico, emocional y material en los venezolanos, por lo que podría admitirse posible que la indiferencia se dé por la sobrexposición ante el conocimiento y vivencia de estas situaciones, sin contar aquellas que recibimos como noticias de otros lugares del mundo.

 Es admisible entonces una creciente tendencia de fatiga o cansancio ante tantos escenarios negativos, que llegamos incluso a normalizar muchos de ellos, perdiendo la sensibilidad o empatía respecto a estos. Respuesta que hasta cierto punto resulta tentadora, pues permite un equilibrio emocional mínimo o “tranquilidad”, ya que al menos no tendremos tantas preocupaciones, considerando al no involucrarnos no va afectarnos y es mejor.

Sin embargo, esta reacción a pesar de ser la más fácil y segura, resguarda un trasfondo egoísta, y lejos de nutrir nuestra identidad y humanidad, nos hace individuos poco perceptivos, menos responsables, menos sensibles y comprensivos; en construcción de una sociedad aislada, descomprometida y sin posibilidades de un cambio positivo respecto a sus situaciones de crisis o realidades complejas.

Ante los escenarios difíciles y desagradables debemos hacer el esfuerzo personal y colectivo, para involucrarnos de alguna manera en la medida de lo posible y no permitirnos perder la capacidad de reaccionar empáticamente ante el dolor y el sufrimiento ajeno, debemos expresar la indignación, la compasión, la molestia, el amor, cuando sea necesario.  La posibilidad de ponernos en el lugar del otro, siempre será la mejor opción para afianzar nuestra solidaridad. Porque, de hecho en el momento en que optemos por distanciarnos y hacernos indiferentes constantemente, habremos dado un paso como sociedad y humanidad.

Por Gerly Molina

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