El sentimiento de derrota

La “cubanización” de nuestro país cada día es más tangible. Tenemos una oposición política que pide unión, fuerza y apoyo a la comunidad internacional, pero que se destruye a sí misma entre guerras superfluas y disputas internas por un poder inexistente. 

Sentimiento de derrota. Foto: Composición Todos Ahora

Y es que nuestra fauna política es deprimente: aquellos que se hacen llamar “Gobierno Interino o Legítimo” (que queramos o no, ya no lo son); aquellos que se sienten el foco de la lucha desde afuera en Madrid o en EE. UU., pero cuyo único apoyo no está más allá de la prensa libre, lejos de cualquier credibilidad para el venezolano promedio; aquellos que se disparan entre sí para conseguir algún puesto o curul en la administración pública, aunque su voz se vea aplastada o disminuida como una despreciada minoría por aquellos que se imponen; aquellos que viven del populismo, invocando a líderes extranjeros para que hagan por Venezuela lo que nosotros, amargamente, no pudimos hacer. Vivimos en una ficción bastante pesimista.

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Mientras tanto, nosotros, los ciudadanos, vivimos nuestras vidas. No de la mejor manera, pero como podemos, con lo que tenemos. Enfrentando las adversidades diarias, que más que retos, se nos volvieron cotidianas: ya hace mucho vivir sin servicios básicos de calidad, se nos hizo lo normal.

Y así vivimos, en una Cuba del siglo XXI cuyos gobernantes (queramos o no) cada día parecen durar más, atornillarse más, extender su poder de forma indefinida. O vivimos en una China progresiva que debido a la insostenibilidad del modelo comunista, de una economía planificada, se ha visto en la necesidad de reformarse económicamente y dar una fingida apertura económica, una tácita dolarización del país, que trata de calmar (muy ligeramente) los malestares internos de sus ciudadanos.

Pero que lejos de eso, son la necesidad de inversión del capital que se vio encerrado en las cuentas bancarias, debido a las sanciones económicas hacia algunas figuras políticas importantes del chavismo. 

La ciudadanía atraviesa un sentimiento de derrota, en donde ya no hay nada por qué luchar; que ya esas “riñas políticas” no tienen sentido; que por qué voy a hablar, salir, querer cambiar algo… si cuando me arriesgo a morir o a ser encarcelado, todo seguirá igual.

¿Lo peor? Es un sentimiento válido. Tan propio y colectivo de todos. Y es que las luchas épicas de tiempos pasados, parecen haberse esfumado en la decepción y la desilusión, en ese sentimiento de que “perdimos… ni hay mucho realmente que podamos hacer”, aunque queramos o no.

Es válido porque se jugó por mucho tiempo con los sentimientos (e ingenuidad) del venezolano, porque nos prometieron lo imposible y por el deseo de amarrarnos a algo, creímos. Es válido porque esa pequeña disminución de los malestares internos no es para todos, porque realmente la gran mayoría de los ciudadanos son quienes dependen del Estado (confundida con el “oficialismo”). Es válido porque entre seguir en ficciones de cambios, al menos bajo los liderazgos que ya conocemos, o seguir con nuestras vidas, para algunos es mejor seguir sobreviviendo y vivir sus vidas de la forma en que se pueda.

¿Pero realmente nos hemos rendido?

Sé que no. Mientras sigan existiendo gremios, ONG, fundaciones, alianzas, profesores, estudiantes, periodistas, medios de comunicación, movimientos que al menos busquen alzar su voz, seguirá allí esa pequeña llama de esperanza. Quizá somos la chispa que encenderá el fuego que queme mañana, por quienes no pudieron lograrlo hoy. Y es que rendirse para los vivos, jamás podrá ser una opción. Ya lo decía uno de nuestros más importantes próceres en nuestra lucha independentista: “necesario es vencer”.

El cambio no es imposible. Improbable por ahora, pero no imposible. Y para hacerlo se requerirá de un esfuerzo sobrehumano de todos los sectores de la sociedad. Y el día de mañana, sea cual sea la vía o la ruta a tomar, debemos permanecer unidos para alcanzarla. Evitar el juego que siempre nos termina tentando del “divide y vencerás”, y que siempre nos termina venciendo.

Hay que admitir errores y culpas. Aceptar responsabilidades frente al fracaso. Echarse a un lado quienes ya no son más que muertos simbólicos de una lucha que ya expiró. Renovarnos. Y entendernos en nuestras diferencias.

Porque sí, el sentimiento de derrota existe, es real, lo vivimos. Hay que volver a concretarnos y unirnos, porque estamos separados y destruidos en tantas partes, tan pequeñas, que difícilmente el jarrón vuelva a hacer lo que fue. Pero si ya no hay jarrón, bueno… definitivamente ya no habría nada más que hacer y deberíamos resignarnos bruscamente a nuestra “cubanización” o de ser una cuasi republica africana en que el Estado y la sociedad civil no es más que un papel en la constitución, o un mero simbolismo, y el caos y la barbarie lo verdaderamente tangible en nuestro día a día.

Tal vez ya ni debamos ser el mismo jarrón, sino uno nuevo. Aprendiendo de nuestros errores, analizándolos y aplicando nuevas formas de proceder. Seguramente pasen algunos años para que podamos volver a tener otra oportunidad, pero que se debe trabajar desde hoy: quizá al mando de las generaciones nuevas que nos tocó crecer con esto, vivir con esto, sin conocer siquiera un país mejor. No hay forma de saberlo, pero sí de crearlo juntos, siendo distintos, por los de mañana, desde el hoy.

Por: Leonardo Aristigueta

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