Progresismo Vs. conservadurismo: La guerra de los sordos

Henry David Thoreau, uno de los escritores y filósofos más importantes del siglo XIX, diría alguna vez: «The universe is wider than our views of it». / «El universo es más amplio que nuestras opiniones sobre él».

Progresismo

Y es que en un mundo armado por cuarteles ideológicos, donde quien piensa distinto a mí es necesariamente mi enemigo, parece ser una frase que necesita ser recordada para que retome su vigencia. Vivimos, pues, en una sociedad llena de fanatismos y odios internos que se desglosan en lo amplio y ancho de los sectores sociales: guerras entre generaciones, entre colectivos de distinta índole, y sobre todo entre aquellos con un pensamiento más progresista y aquellos con un pensamiento más conservador. Esta es la guerra de los sordos.

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Una que se ha convertido entonces en una era crítica de intolerancia y discordia, pues hemos perdido la capacidad de oír y entender a otros, sus puntos de vista (por más que difieran de los nuestros), por la necesidad de gritarle a nuestros opuestos nuestra verdad, ratificando cuán mal y equivocadas están los últimos: ignorantes, intolerantes, pervertidos o arcaicos.

Nuestra guerra

Hace poco tuve la oportunidad de leer al periodista angloamericano Kevin Ryan en el medio The Blaze (“The Jordan Peterson war continues”) el cual hablaba de manera breve y amplia de esto mismo: de que cómo a través de nuestra miopía ideológica –sea bien de progresismo o de conservadurismo- no nos hemos permitido entender a los que difieren y piensan distintos a nosotros, puesto a que solemos encerrarnos en nuestros marcos de valores y visiones de la vida y el mundo. Y es que… como toda miopía al fin hace de nuestra visión –individual y colectiva- una borrosa y distorsionada.

La pregunta la plantea K. Ryan: “si alguien no respeta tus valores, ¿por qué demonios deberías siquiera reconocer los suyos? […] ¿Por qué deberías respetar o prestar atención a cualquiera que piense que eres malvado y que tu vida es una abominación?”. Y de forma irónica y dual, tanto conservadores como progresistas pudieran sentirse así: siendo acusados unos contra otros de tener un estilo de vida despreciable, punible y no pocas veces detestable.

Y es que unos y otros juegan a la inquisición de sus ideas contra sus herejes discrepantes, creando esta dinámica de los buenos contra los malos, de los ángeles contra los diablos, del blanco y el negro: cuando todos somos grises.

Karl Popper: la tolerancia y la pluralidad

Obvio no se trata tampoco de un relativismo en que A y B al mismo tiempo tienen razón; tampoco trato de decir que todas las opiniones son igual de válidas y, por lo tanto, son irrefutables; se trata de que pese a poder estar uno de los dos equivocados –y en nuestras diferencias- pueda coexistir una pluralidad de opiniones.

Otro filósofo, Karl Popper, habla de este punto en su ensayo-exposición “La Tolerancia y la Responsabilidad Intelectual”. Dice así:

“Es una irresponsabilidad intelectual, que socava el sentido común y destruye la razón. Esto es lo que hace posible la filosofía que se ha denominado relativismo; una filosofía [que] consistente en la tesis de que todas las tesis son más o menos igualmente defendibles desde el punto de vista intelectual. ¡Vale todo! La tesis del relativismo lleva así a la anarquía, a la ilegalidad, y al imperio de la violencia.”

¿Pero eso significa entonces que tenemos el derecho de socavar la opinión de otros porque sea distinta o, en todo caso, este errada? No, ciertamente no. Popper continúa:

“En este punto desearía comparar el relativismo con una posición (…) la [que] voy a denominar aquí pluralismo crítico. Mientras que el relativismo (…) conduce al imperio de la violencia, el pluralismo crítico puede contribuir a domesticar la violencia.

El relativismo es la posición según la cual puede afirmarse todo, o prácticamente todo, y por lo tanto, nada. Todo es verdad, o bien nada. La verdad es por lo tanto un concepto carente de significado. El pluralismo crítico es la posición según la cual debe permitirse la competencia de todas las teorías –cuantas más, mejor— en aras de la búsqueda de la verdad.”

Lo que en otras palabras quiere decir que a través de un pluralismo crítico de nuestras ideas –conservadoras o progresistas- se pueda llegar a una discusión racional, y no a una guerra emocional y de apariencia Guernica entre ambos polos. Al final de cuentas, más allá de esta diversidad de opiniones, todo esto contribuye al desarrollo humano en todos sus ámbitos; en contraparte, cuando esto no es entendido, sino que nos encerramos en nuestros cuarteles ideológicos, lo que está en juego es la verdad, pero sobre todo el avance humano.

Dos caras: una moneda

Guy Debord, un filósofo marxista y francés, nos diría que «en una sociedad donde nadie puede ser reconocido por otros, todo individuo se vuelve incapaz de reconocer su propia realidad». Y de cierta manera esto ocurre cuando nos excluimos entre nosotros: cuando el conservador caricaturiza a sus contrarios de “progre” o de “generación de cristal” (entre tantas otras desfachateces); y cuando el progresista caricaturiza al conservador de “fascista”, “neoliberal”, “neonazi”, entre otros. Todos calificativos absurdos.

Cierto es que en ambos polos de los pensamientos existen extremistas del odio que pueden rozar las ideas más atroces de la humanidad: aquellas cercanas a los genocidios, a las dictaduras, al resentimiento de un grupo contra otro. Pero sería un absurdo pensar que la mayoría de las personas son así, que están politizadas hasta las venas y que sólo ven la paz en la extinción del otro.

¿Qué pasa con el resto de nosotros, con aquellos que aún no nos ciega el odio? Surge esta ausencia de reconocimiento de nuestros derechos, de nuestras opiniones, de nuestro mundo… para darle paso a una realidad distorsionada. Una burbuja, un cuartel: la intolerancia como un dios.

¿Qué pasaría si de forma –bastante irónica- ambas visiones del mundo fueran de algún modo “correctas”? K. Ryan vuelve con este punto en su artículo: ¿y si resulta que ambas son tan sólo la mitad de la historia? Es decir, que se necesitan mutuamente ambas piezas para leernos de forma completa; ¿qué si el mundo tiene dos lecturas de “orden-cambio”, “yin-yang”, “conservadurismo-progresismo”? Quizá para tener una visión más equilibrada sobre el mundo que nos rodea sea necesario comprender los puntos y experiencias de ambos polos, siendo que ambos conforman la realidad de los elementos de nuestra cultura.

Al final de cuentas, ¿la historia no se hace así? Entre una dicotomía de lo que fue y conservamos de nuestros antepasados, pero al mismo tiempo de los cambios que dimos y afrontamos para el nuevo mundo que creamos: ¿todo lo viejo es malo? ¿Podemos aprender de nosotros si no miramos nuestro pasado? / ¿Todo lo nuevo es atroz? ¿Podemos evolucionar si no cambiamos y no nos reformamos como sociedad y especie?

Sencillamente, parafraseando a Ryan, “uno quiere transformarlo, el otro quiere preservar: en ambos casos, ninguna de las partes quiere inspeccionar completamente el panorama, no sólo las ideas de su enemigo, sino también las suyas propias para afrontarse a sí mismo”.

La “verdad verdadera”

Retomando a Popper en su ensayo, nos habla de Jenófanes (poeta y filósofo griego) quien subraya la ignorancia humana a través de la autocrítica, la de nosotros y nuestros propios pensamientos, y que pude resumirse en estos versos del poeta:

“Pero respecto a la verdad certera, nadie la conoce,
Ni la conocerá; ni acerca de los dioses,
Ni sobre todas las cosas de las que hablo.
E incluso si por azar llegásemos a expresar
La verdad perfecta, no lo sabríamos:
Pues todo no es sino un entramado de conjeturas.”

De esta manera tanto Popper como Jenófanes nos habla de la verdad objetiva, en la que aun si algo fuese cierto, jamás nadie tendrá la certeza si así lo es. “Pues no existe un criterio infalible de verdad: nunca, o casi nunca, podemos estar seguros de que no estamos equivocados.”

Diferir es mi derecho: refutar es el tuyo

Ya para ir finalizando, Ryan cita al filósofo y teólogo alemán Jakob Böhme, quien creía que todo tiene su origen en un sí y en un no. En el que se expresa cierto dualismo que segmenta la estructura de la realidad: siendo la vida misma una colisión entre opuestos.

Otro filósofo alemán como fue F. Nietzsche nos arroja una frase que sirve para cerrar el círculo de este artículo: «no es el conflicto de opiniones lo que ha hecho que la historia sea tan violenta, sino el conflicto de creencias en las opiniones, el conflicto de convicciones».

Esta frase es la explicación del origen de la discordia. De esta guerra de los sordos e intolerantes que se odian entre sí y no se reconocen como iguales. La realidad es que el mundo ha visto un retroceso –no sólo en Venezuela- con respecto a los valores democráticos y de pluralidad: un hecho que está haciendo de nuestras sociedades, unas politizadas y con mutuo desprecio.

Si no nos entendemos en nuestras diferencias, a través del debate civilizado, será entonces esta politización el inicio de otra guerra, de nuestro ciclo humano: de erradicar al que piense contrario a ti.

Es la pluralidad crítica y la autocrítica, la que nos dará la capacidad de avanzar, de construir sin quemar, de preservar sin obstaculizar, de forjar un camino en que descalificarnos y menospreciarnos no sea la solución –sino la verdadera condena-; de hacernos una sociedad de distintos, pero libres e iguales. Será cuando lentamente entendamos que conservadores y progresistas no son necesariamente excluyentes los unos de los otros, sino mutuamente necesarios para reformarnos; cuando entendamos que nuestras opiniones sobre el mundo son tan insignificantes ante la magnitud de la vida como la de nuestros “adversarios” ideológicos; cuando podamos de nuestras diferencias construir y no señalarnos con odio; será en ese momento y sólo en ese momento en que esta guerra acabe –antes de matarnos-.

Por: Leonardo J. Aristigueta

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