Un partido hegemónico junto a una democracia decadente

Los partidos políticos existen desde hace más de cincuenta años como elemento formal de la democracia, como talante de representación política y de ejercicio del poder. La pluralidad en el sistema de partidos y la legitimidad moral y política de estos, son los criterios que en cierta medida dan cuenta de un sistema democrático sano.

Su existencia incluso, como llegó a decir Giovanni Sartori, viene dada por el hecho de que son conductos de expresión, pertenecen, en primer lugar y por encima de todo, a los medios de representación, es decir, son el instrumento para representar a la población en sus necesidades, exigencias y expresiones.  Por lo que se hacen necesarios para un sistema político democrático e incluso han formado parte de la construcción histórica de los países, como en el caso venezolano. 

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Sin dejar de reconocer las crisis, por las que han debido atravesar los últimos cuarenta años los partidos, como parte de la trasformación de las exigencias de la sociedad venezolana, su vinculación con los políticos y el requerimiento de renovadas formas de participación; además, de los cambios de índole tecnológico, cultural, económico, etc. Pero incluso por encima de estas eventualidades, hay que resaltar en términos generales, que la existencia de pluralidad de partidos representa el sano desenvolvimiento de la democracia, como lo consagran las diversas constituciones alrededor del mundo.

¿Qué significan los partidos en la democracia?

Los partidos son la exigencia de libertad y pluralidad que requiere la democracia, para existir como un sistema representativo de los diferentes sectores, etnias, grupos etc. En busca de la equidad y justicia para estos, supone que se permita el desenvolvimiento de organizaciones y estructuras que expresen de forma efectiva el ser diferente, opinar distinto y propugnar una ideología especifica. Y con ello poder acceder, en un plano de igualdad a la contienda política para participar en el gobierno.

A lo que se contrapone la realidad de los últimos veinte años, donde lejos de aceptarse el pluralismo y multipartidismo se impone, lo que desde la literatura se denomina sistema de partido hegemónico represivo e ideologizado. Caracterizado por favorecer el control represivo del sistema político en lugar el control negociado, aspirando a conseguir el apoyo activo y masivo de la población a su proyecto político. Además de utilizar mecanismos dominantes para lograr la conformidad de la sociedad, la rigidez ideológica, promoviendo la integración a las filas del partido de forma masiva.

Y nada más alejado de la democracia que un sistema de este tipo, con pretensiones autoritarias como lo ha demostrado ser el PSUV en representación de las ideas dictatoriales de régimen, mediante la imposición de su línea de pensamiento político. Considero pues que esta es una de las expresiones más antidemocráticas que el régimen ha tenido; es su expresión más acabada de falta de libertad y monopolio del poder. Su accionar los últimos veinte años ha sido la lenta asfixia de los partidos políticos, hasta llevarlos al mero plano de la subsistencia.

Lectura sobre lo ocurrido

Entendido esto es válido denunciar, reconocer y comprender la trayectoria de abusos, atropellos e ilegalidades, que desde el régimen se ha cometido contra los partidos de oposición, debilitando y atacando social, política y judicialmente estas organizaciones y sus agregados. Llevándolas al plano de la subsistencia, disminuyendo su accionar como fuerza política.

Y en este sentido existe un registro exhaustivo, cuya expresión más reciente fue el nombramiento repentino y exprés de los rectores del CNE vía TSJ, y la declaración de suspensión de las directivas de Primero Justicia y Acción Democrática. Una acción en donde nombraron juntas ad hoc, presididas por dirigentes políticos públicamente rechazados por la oposición venezolana, también con sentencias del mismo ente. Con lo cual se asume una salida electoral ya medida y manipulada, al igual que la creación de una oposición a Maduro, hecha a su medida que, de seguir bajo esa nueva dirigencia, no representaría real adversario para el gobierno en una contienda, sino solo un espejismo nada representativo de las grandes diferencias, descontentos y rechazos declarados hacia el régimen.

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