Cuando se justifican las dictaduras…

¿Las dictaduras son justificables en algún momento? ¿Hay dictaduras y populismos mejores que otros? ¿A veces es necesaria una “mano fuerte” que le ponga orden a un país en caos? ¿Hay dictaduras buenas, o todas son malas?

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Es común –más de lo que nos gustaría- oír y ver personas, de todas las edades y generaciones, defender regímenes dictatoriales y totalitarios como fueron los gobiernos de Augusto Pinochet, Marcos Pérez Jiménez y Jorge Rafael Videla. Es cotidiano oír como los tiempos de antes eran mejores –“¡cuando nos gobernaban hombres de verdad!”-, donde abundaba la prosperidad económica y se construían grandes obras públicas –obras que además nadie les pidió y fueron financiadas con fondos públicos-. Se avalan así los regímenes recios que aplastan la “indolencia”, “los que atentan contra el orden público y la paz de todos”, que persiguen a “esos cerdos comunistas o fascistas”, a favor de la “seguridad nacional”… y mueren los jóvenes que soñaban con un mundo humano, libre y democrático: triunfa la bota militar.

Estos casos los podemos conocer en nuestros familiares, amigos y –no pocas veces- en nosotros mismos. Se recuerda con añoro en algunos jóvenes que ni siquiera conocieron ni vivieron los tiempos de esa dictadura- como tiempos de paz y milagros económicos, donde el bolívar alguna vez superó al dólar –por demás un mito que jamás ocurrió-, donde se construyeron grandes obras como la Ciudad Universitaria –un proyecto heredado de las gestiones administrativas del Presidente Medina Angarita- o de esa “gran obra arquitectónica del perezjimenismo” como fue la Autopista Caracas-La Guiara –obra también heredada, pero en esta ocasión de sus rivales del Trienio Adeco-. Y es que si bien estos hechos son ciertos, cubren sólo un lado de la cara de la moneda. ¿Qué pasa del otro lado? ¿Es tan bueno todo como dicen?

Al final del otro lado, nacen las profundas heridas históricas de nuestras naciones, donde un Pedro Estrada –alabado como un héroe o prócer por algunos neo-nacionalistas- mata a dedo a los opositores de la dictadura, incluso cuando estos ya se encuentran en el exilio, como fue el caso del teniente León Droz Blanco asesinado en Barranquilla, Colombia, de quien se puede decir, al menos, murió en libertad… En otros casos, cuando no se asesina a dedo, se castiga sin misericordia en el campo de concentración de Guasina –por mencionar sólo uno-, donde grandes artistas, como fue el pianista Guillermo Castillo Bustamante, que ni bien ni daño le pudiere hacer a una dictadura, fueron encerrados y que en su tortura crearon obras, como ese famoso bolero llamado “Escríbeme”, himnos de los presos de aquel entonces.

Esto si hablamos netamente de Venezuela. Si vemos los casos de otros países como Chile o Argentina, hallaremos historias iguales o peores, donde un Estadio Nacional (como el Julio Martínez Prádanos) fue utilizado también como campo de concentración en el que se torturó y fusiló sin perdón a los detenidos, o cuando son llevados los cadáveres de sus detractores en los infames “Vuelos de Muerte” a los Hornos de Lonquén o a las aguas del Río de la Plata para desaparecerlos y limpiar las manos del régimen.

¿Se justifican las dictaduras cuando hay crecimiento económico?

  • “Bueno sí, pero mira todos los avances que trajo… además, en ese momento se mataron a uno o dos comunistas que buscan sabotearnos”.

Entonces, habría de preguntarle si se justificarían los regímenes totalitarios de Mao Zedong, Iósif Stalin o Pol Pot, si sus “manos duras”, sus medidas represivas, su abuso y control sobre la vida de los individuos, hubiesen traído prosperidad económica y no tiempos de hambruna.

¿Cuántas vidas humanas valen una obra pública? ¿Cuántas vidas humanas valen cierta prosperidad económica? ¿Diez, cien, mil, cinco mil, millones?

Habría de preguntarles a aquellos que se inflan el pecho y la boca con los “logros” de aquellos regímenes, de que si fuera el caso en que la actual Dictadura nos hubiere traído una gran prosperidad económica y grandes obras que sean la envidia de toda Latinoamérica y el Mundo, ¿ya no denunciarían e ignorarían las atroces violaciones contra los Derechos Humanos? ¿Importarían los siete mil asesinatos del actual régimen -por demás documentados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH)-… o no tanto porque estos sólo buscaban “sabotearnos” y dañar a la Nación? ¿Cuándo se justifica y cuándo no?

Dictaduras

Entendemos que las democracias jamás son gobierno perfectos, ni exentas de corrupción, de abuso policial, incluso en algunos casos, también, de violaciones contra los derechos humanos por algunos gobiernos constitucionales. Sabemos que estas no siempre traen prosperidad económica, pero sí en muchos casos desilusión. ¿Importa defender la democracia por la democracia? Tal vez sí, tal vez no… mi respuesta está muy clara cuando se trata de la vida humana y su dignidad.

De otra forma, cuando se premian las obras arquitectónicas, cuando se aplaude los avances económicos, cuando se niega la existencia de la represión, las torturas, la censura, la persecución, la muerte… en ese preciso momento, nace la negación de la humanidad contra sí misma y se le condena a la eterna miseria y el dolor, al vivir con odio… o con temor.

Al final, las democracias –o la Democracia como idea- es completamente perfectible, un camino a seguir, unos principios que deben guiar a nuestra sociedad, en donde el desarrollo y la vida humana es el centro del debate de cómo mejorar. Si vemos a las democracias como promesas que debemos trabajar siempre desde el hoy por los del mañana, y no como utopías que solucionarán todos nuestros males… algo habremos aprendido como sociedad, y la bota militar jamás volverá a ganar sobre la civilidad.

Por: Leonardo J. Aristigueta

 

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