Alegoría de un naufragio

Una semana gris ha culminado, con desconsuelo, indignación, dolor y desesperanza, por el naufragio de más de 30 venezolanos en las costas venezolanas. Un mar desconocedor de las almas y esperanzas que a bordo del barco estaban; ha tomado posesión de su ser, para marcar en lo profundo a un país entero.

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Una alegoría

Un frágil barco de papel es a veces la esperanza y la vida; pues en feliz rigor emprende su rumbo, sin advertir la desgracia que lo espera por su propia naturaleza. Sin embargo, los sueños humanos se embarcan en situaciones siempre complejas; en algunos momentos por razones de valentía, otras de miedo y temor. Y pareciese este ser el triste caso que nos tocó vivir y sentir esta semana, junto con quienes a bordo de “Mi esperanza” y “Mi recuerdo” han perdido la vida.

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 El desespero ante el naufragio es indescriptible

Imaginar la situación vivida por los hombre, mujeres y niños a bordo de las embarcaciones es sobre todas las cosas trágico; el desespero de asumir que ante sus ojos la vida se fugó y la esperanza de vivir en mejores condiciones se volvieron una imposibilidad lejana. Mientras tan siquiera seguir respirando se hizo imperante; un dolor indescriptible es lo único que sin desearlo llego reflexionar sobre esta desgracia.

Y lamento desde lo más profundo del alma e indigna como a muchos, las razones que de fondo los llevaron asumir posible y necesario realizar aquel viaje. Muchos de los familiares de las víctimas aseguraron que algunos iban por temporada de Navidad; y otros dijeron que no hay mayor razón que la crisis económica y social que los impulsó a partir forzadamente.

Porque es imposible negar que no solo para ellos, sino para los venezolanos, la migración es una realidad que hace y hará parte de nuestra sociedad. La migración forzada constituye pues una de las evidencias más contundentes de la magnitud del daño que deja la emergencia humanitaria compleja.

El despropósito de acusar a un sistema que ya ha muerto antes

Un despropósito sería concentrar las fuerzas morales, que aún permanecen vivas en los ciudadanos; en exigir a este sistema político que asuma su papel ante la realidad de crisis nacional que empuja por la borda a los venezolanos y los hace huir del país, cual errante asume un riesgo con rumbo incierto.

Pues su intención de desvincularse del sufrimiento humano de los ciudadanos, quedó durante casi una década ya clara; lo que no significa que deba dejar de alzarse la voz y hacer denuncia. Sino desistir de exigirle razón, cordura y moral a este sistema, y a las personas en su mando. Pues las únicas justificaciones que para él se abren posibles están atadas al interés de desangrar el país a costa del beneficio personal.

Por lo que sin gran pesar y eximiéndose del compromiso, el régimen señaló de enteros culpables a quienes estarían encargados de las embarcaciones y sabían de la entrada ilícita de venezolanos a Trinidad y Tobago. Y ante esto las expresiones de rechazo por muchos ciudadanos fueron directas e inmediatas; recuerdo alguna que tuvo un simbolismo tan raso y simple como solo ellos merecen, para dar cuenta de la responsabilidad del régimen sobre el naufragio.

En Twitter un usuario respondía a Tarek William Saab, sobre su declaración de que el peso de la ley caería sobre los dueños de los peñeros, como culpables del hecho; expresándole el siguiente ejemplo “yo tenía un vecino, que tenía un perro al cual no daba alimentos ni cuidados; en un momento tanta fue la desesperación del perro que un día decidió saltar la reja para huir, lo cual no logró y murió ensartado y desangrado. De quien será la culpa del deceso del animal, de la cerca o del dueño que lo dejó sin opciones más que morir de hambre”.

Un mundo desadaptado a la realidad del migrante

Y justo ayer se celebraba el Día Internacional de Migrante, una declaración que busca incentivar y concientizar en la creación de un mundo más adaptado y resiliente a los nuevos patrones de movilidad humana que se dan en la actualidad. Lo que refleja cuánto ha fallado la region en esta materia.

Entendiendo que quizá lo más alentador para cualquier ser humano que abandona su hogar para asentarse en otro espacio es la posibilidad de una vida digna. Un reto absoluto para los venezolanos hoy día, que durante esta semana demostró no ser un futuro más prometedor, sino imposible debido al naufragio.

La migración debería ser una elección, no una necesidad; y de ser una necesidad debe ser asistida por cooperación y derecho internacional. No condenada como una mala decisión personal o colectiva.

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